La Imagen. -1955- (6)

  

                LOS  RELATOS  DE  LA  FONDA

 Recrear  con  palabras  una época  que  llevamos  latente,  nos  hizo  en casiones, hasta soñar con ella, para nuevamente darle vida a sus personajes.”

Las vivencias plasmadas en esta obra, originadas en el ambiente de un negocio de comidas y hospedaje de poca monta, llamada la “Fonda de Siligüey”, nos brindan un genuino reflejo de cómo la dictadura de Trujillo incidió de una manera dominante en la forma de pensar y actuar de una gran mayoría de la población dominicana, efectos que perduraron por varios decenios y algunos aún se mantienen, a pesar de que ya han desaparecido las causas que indujeron dichos comportamientos.

 En parte, esas fueron las consecuencias que trajo el hecho de que el general Rafael Trujillo tomara por asalto el poder político y se hiciera vitalicio en el dominio de la cosa pública, usando para lograrlo el poder que da el dinero y el que se obtiene cuando se controla a los militares.

 La otra parte que consintió tales acontecimientos y permitió su continuación, porque sin ello no lo hubiera podido hacer, fue el apoyo que consiguió por miedo o por conveniencia de lo màs representativo de la sociedad dominicana durante todo el trayecto del régimen.  También,   en ciertos momentos, de las fuerzas externas que aún siguen controlando la región.

 Cada sector envuelto en el proceso buscaba y obtuvo beneficios propios, perjudicando de paso a la colectividad, porque fueron decenas de miles sus miembros los que perdieron la vida a consecuencia de esa confabulación, ademàs del legado traumàtico que recibió la mayoría de los sobrevivientes.

 Los  diversos relatos llevaràn al lector a un viaje hacia el pasado, al encuentro con los hechos que muestran los síntomas de vivir en un estado totalitario, donde los protagonistas ya pusieron en manos de la posteridad el juicio de sus acciones.

Corresponden también al período después de terminada la dictadura trujillista, en plena Guerra Fría y durante la continuación de la “Era de Trujillo”, en el marco de otros escenarios, fuera de aquel ambiente donde iban a parar hambrientos y cansados viajantes del interior del país.  Situaciones donde la justicia empezó a ser burlada.  Síntomas que denotan la  frustración de los ideales en los nuevos tiempos.  Cuando una guerra civil divide al pueblo y la soberanía es pisoteada.  Momentos en que vuelve a entrar en vigencia la maquinaria de represión trujillista. Y lo que en parte le trajo el destino migratorio a muchos de los dominicanos.

Por momentos sentiràn que los hechos consumados no son tan lejanos, pesar del tiempo transcurrido, como para impedir ser arrastrados por las emociones, ante las delicadas imágenes de aquella época y los años subsecuentes, momentos aciagos en que la ficción no pudo encontrar un espacio para acomodarse, ya que la realidad cubrió todas las alternativas posibles.

La historia está aquí escrita  para ilustrar a muchos que ni siquiera se imaginan el horror de los que la padecieron.  Rescatada del olvido, cómplice que perdona tantas injusticias y diferente un tanto a la que aparece en papeles de periódicos ya viejos, ésa  que le pusieron el ropaje tergiversado de quienes la manipularon.  Y no tan desnuda como quisiéramos, ésa que siempre evitaron poner  en los libros del sistema educativo, la que hubiera concientizado a disímiles generaciones, borrando de la siquis a la sociedad su trauma más dañino: el de la ignorancia con respecto a lo que fue Rafael Trujillo y su dictadura, lo cual hubiera impedido la continuación de su “Era”.

Fue narrada mil veces de manera acomodada por igual cantidad de culpables; padecida, cruda, por hombres y mujeres acorralados por el miedo, el adoctrinamiento y la ignorancia inducida.  También, por aquellos que fueron encarcelados en centros infernales, torturados y asesinados.

Y todo fue en una época donde el poder divino por miedo o conveniencia se dejó utilizar, por quienes adormecieron la  conciencia ciudadana, juntando las palabras: DIOS Y TRUJILLO.

 El Hospedaje: En una época, cuando lo que es hoy la avenidad Mella, me contaba mi padre, era apenas un camino rodeado de montes que conectaban a una de las entradas de la ciudad capital, la cual estaba en donde hoy queda el Parque Independencia, en su entorno se fue incrementando la actividad comercial en sus diferentes aspectos.

El lugar en que converge actualmente esa avenida con la calle Palo Hincado y la Emilio Prud’homme, en los terrenos que ocupa el edificio que aloja el Cuerpo de Bomberos, fue el sitio donde  se conformó el primer  hospedaje, para luego ir moviéndose hacia el este según fue creciendo.   Ese espacio pronto llegó a convertirse en el punto final o destino de los productos agrícolas de una gran parte de la zona rural.

Fue tanto su auge por la expansión que tuvo la zona, que en 1952 se inauguró una edificación de dos plantas para acomodar las principales actividades comerciales.  La misma fue bautizada con el nombre que se le conoce en la actualidad: Mercado Modelo.

Durante años fueron llegando, a diario, a ese lugar, una gran cantidad de camiones procedentes de las distintas regiones del país, para descargar allí los diversos productos que traían del agro.  Los  choferes y sus ayudantes se alojaban en unos pequeños negocios que habían por los alrededores, los cuales ofrecían cama y comida para los cansados viajantes.  El  nombre escogido era muy particular, les llamaban fondas.

 La nuestra estaba ubicada a una cuadra de distancia de la avenida Mella, en una esquina y a pocos pasos del mercado.  Era una construcción de un solo nivel, con un frente de tres puertas que daba a la calle Delmonte y Tejada, con un fondo alargado que cubría parte de la calle adyacente, llamada Hernando Gorjón. Había sido construida en 1910.  Pertenecía, en aquella época, a un emigrante de las Islas Canarias, de nombre Federico, quien se la había alquilado a mi progenitor.

 Pero antes de terminar la década de los años cincuenta, estamos hablando del siglo pasado, la zona recibe un duro golpe que la haría decrecer su vitalidad mercantil y de paso perder la categoría de hospedaje para los cansados viajantes.

En Villas Agrícolas, en la parte donde termina la avenida Duarte, se establece una nueva terminal para los camiones que llegaban a diario del interior del país, la cual se conoce hoy como el Mercado Nuevo.

Según le dijeron a mi padre, en ese nuevo centro de recibo, el cual se convertiría luego con el paso del tiempo en el nuevo hospedaje, tenía sus intereses económicos un hermano del dictador Trujillo, por lo que prohibirían a los vehículos cargados con productos del campo, llegar hasta el Mercado Modelo.

Luego, tal como se rumoraba, sucedió aquello.  Esto trajo como consecuencia el que la mayoría de los negocios llamados fondas, no tuvieran la rentabilidad adecuada para poder subsistir y luego desaparecieran del sector.  Quedaron algunas debido a la habilidad comercial de sus dueños.  Entre ellas, la que sirvió de escenario para los relatos de este libro.

Y desde ese negocio de venta de comidas y alojamiento, llamado La Fonda de Siligüey, la cual pudo superar por algún tiempo la crisis  y seguir operando aunque en condiciones no muy óptimas, es que surgen los relatos que van mostrando la realidad del país durante los aciagos momentos de un pueblo viviendo en la cotidianidad trujillista.

El primero de ellos nos muestra, en toda su magnitud, el alcance que tuvo la figura y el nombre de pila, cuyo físico fue proyectado hacia lo màs profundo delser dominicano.  

 

                                LA   IMAGEN

Enclavado en un sector de clase media baja y pobre, cuya edificación formal fue terminada en el año de 1952, el Mercado Modelo y sus dependencias internas, empezaron a facilitar la actividad comercial de la zona, su modus vivendi.

Tuvo su gran momento cuando fue el hospedaje,  principal centro de acopio de los productos agrícolas que llegaban a la capital dominicana.  Allí se veían hileras de camiones procedentes de diversos puntos de la geografía nacional dejando su preciada carga, la cual era,  a su vez, distribuida en mercadillos y sectores menores del ramo.

Carretas tiradas por caballos y carretillas empujadas por sus dueños, constituían los medios de transporte para el traslado de mercancías de diversos géneros.  También se veían a burros y mulas transportàndolas en sus àrganas hacia los sitios màs apartados de la ciudad.

En ese ambiente había un local de tantos, con olores que se desprendían de los espíritus de la tierra, donde hiervas aromàticas dejaban su esencia a fuego lento en el recipiente de la vida, junto a la cotidianidad de sus clientes y trabajadoras.

Cada día, de lunes a sàbado, dejando el domingo para el descanso y debajo de una amplia enramada, manos habilidosas desmenusaban dientes de ajo, mezclaban cebollas picaditas y ajíes, cilantro, orégano tostado y luego molido, para dar un sabor tradicional a una diversidad de platos elaborados  al calor de fogones y anafes, encendidos con el negro y opaco carbón vegetal procedente de las provincias de Peravia y Azua de Compostela.

De ese lugar surgían aromas que hoy, al sentirlo en donde quiera que estamos, tiempo y espacio donde la vida nos ha deparado nuestro destino, nos recuerdan el ajetreo rutinario de una época donde el miedo, el adoctrinamiento y la ignorancia, se ensañaban con el diario vivir de un pueblo.

Era una fonda, donde al final de su salón principal, en una pared que se visualizaba desde la entrada, colgaba un retrato en el que  aparecía una imagen vestida con uniforme militar y copiosas medallas, llevando en su parte baja una chapa de metal con estas significativas palabras:  EN ESTA CASA, TRUJILLO ES EL JEFE.

  ¡ Estàbamos en Ciudad Trujillo!

                                         ¡Vivíamos bajo la dictadura de Rafael Trujillo!

Nota: Esta placa de metal era obligatoria en todas las casas del país y había que comprarla.

 

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Una respuesta a La Imagen. -1955- (6)

  1. Hendrick "el mallimbaso" dijo:

    Muy buen trabajo Tio Freddy!
    Siga adelante!

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