¡Quién es Quién! -1956- (7)

En esta obra hemos analizado el aspecto sicológico de la dictadura de Trujillo y de como a través del miedo, el adoctrinamiento y la ignorancia, mantuvo a un pueblo atado a sus deseos.  Los relatos  reflejan esa patética realidad.

 A ningún pueblo lo ponen a decidir de si quiere vivir o no en un régimen dictatorial, carente de las libertades básicas a que todo conglomerado humano y civilizado aspira a disfrutar.   Y es obvio.  Por eso, cuando se implanta una dictadura como la que padeció la Rep. Dominicana entre 1930 y 1961, es porque ciertos sectores de la sociedad se ponen al servicio de una sola figura, y por la fuerza someten a los demás.  

Cuando el joven Rafael Leonidas Trujillo Molina ingresa a la Guardia Nacional, organismo creado por los “marines” después de intervenir el país en el año de 1916, muestra una habilidad excepcional en el desempeño de sus funciones.  Ya para 1925, cuando las tropas invasoras se habían marchado y bajo el gobierno del presidente Horacio Vàsquez, este se convierte en su comandante en jefe.  De paso, en ese corto trayecto, logra acumular una modesta fortuna. 

 Una minoría preponderante de elites sociales, aquellas que estaban interactuando en el reducido medio político, económico e intelectual a finales de la década del 20, en el siglo pasado, desde hacía un tiempo venían unificando sus ideas en cuanto a las necesidades del país en el escenario político.  Estaban buscando lo que ellos llamaban “el hombre fuerte”.  Y escogieron a un importante militar de la época, el niño mimado del entonces Presidente Horacio Vàsquez.  

 En los periódicos y en actos públicos, esos personajes, no se sabe si algunos de ellos pagados o no, empezaron a crear en el ambiente en que actuaban, una imagen pública presidencial de la figura del General Trujillo, quien era el jefe del ejército en aquellos momentos.

 En un documento publicado en el periódico La Opinión, el 28 de abril de 1930, sesenta intelectuales, entre los que figuraron Manuel de Jesús Galván hijo, Emilio A. Morel, Manuel Alfaro Reyes, Andrés Avelino García, Francisco Benzo, y Jaime Vidal Velásquez, apoyando la candidatura presidencial del General Trujillo, dicen de él, que es el líder de los nuevos tiempos, “el hombre que no necesita de la fuerza para arrebatar las muchedumbres y atarla a su carro de victoria”.

 En una cena, según una crónica del Listín Diario de ese entonces, a la que asistieron los señores Arturo Pellerano Sardà, Elias Brache, Andrés Cordero, José M. Bonetti y Miguel Guerra Parra, salió publicado lo que se dijo de él durante ese acto: “Es una eventual opción frente a las incertidumbres del futuro”. 

 Rafael Trujillo, apoyado de esa manera y teniendo el poder militar,  toma luego el control político del país.  Fue en una aparente rebelión popular, que degeneró en pràcticamente un golpe de estado.  El presidente Vàsquez tuvo que renunciar obligado por las circunstancias.  Esa coyuntura le permitió llegar a donde quería, ya que se impuso en la presidencia de la república por medio de unas elecciones fraudalentas.

 Se han argumentado disímiles razones para su justificación. Se ha querido hacer ver que en el momento fue un mal necesario. Quienes externan esto hasta le atribuyen legados positivos, buscando, tal vez, darle algún valor a los años que sirvieron a los intereses, no de su país, sinó a los de un hombre y su familia, quienes llegaron apoderarse del territorio dominicano.

 Analizando los hechos que recrean cada pasaje de aquella época, vemos cómo esas personas cayeron en una de las peores servidumbres, porque en eso se convirtieron, por miedoconveniencia.  Por màs que se le busque el lado bueno al asunto, no aparecerà para que justifique el poner a un pueblo a vivir en un estado policíaco con sus cárceles especializadas en torturar a sus ciudadanos; el de propiciar centros de trabajos forzados, como los que hubo en las tierras arroceras de la provincia de Nagua y en las plantaciones de Sisal de la también provincia de Azua, esparciendo a la vez en el camino de la toma del poder y consolidación del mismo, miles de cadáveres, en un acto de desprecio para quien no siguiera los lineamientos impuestos por el  “Jefe”.  

                                                                        
                                                                QUIÉN  ES  QUIÉN
                                                                               1956

   Mis padres eran propietarios de una fonda, un establecimiento de venta de comidas y hospedaje de poca monta, el cual utilizábamos también como residencia familiar.  Estaba ubicado en la parte trasera del Mercado Modelo, cuya entrada principal se encuentra en la populosa avenida Mella.                                              

 Para el personal de trabajo, el negocio se nutría de un sinnúmero de mujeres, quienes llegaban diariamente de diferentes puntos del país a emplearse en trabajos domésticos. 

 A ellas siempre se les veía, cada día y muy temprano, apearse de las guaguas que llegaban a una terminal que había a una cuadra de distancia del mercado.  Cada una, con un pequeño equipaje, se dirigían hacia una especie de jardín que había en la parte trasera de ese importante centro comercial de la época. 

 Allí, sentadas en un borde que había al nivel de las escalinatas que daban acceso a la amplia puerta de entrada, esperaban pacientemente a las personas que necesitaban de sus servicios.

  Al caer la  tarde, las  que  no  lograban  una  colocación, se montaban de nuevo en los vehículos que las habían traído, para ir de regreso hacia susrespectivos pueblos. Y así  cada  día  el  mismo ritual, hasta conseguir el empleo deseado.

 En una ocasíón, la progenitora de  mis días, necesitando  mano  de  obra adicional y como un hàbito ya establecido, llamó a una de las empleadas del negocio y le dijo:

-Fulanita, vete a la puerta del mercado y tràeme una trabajadora, dile que son doce pesos mensuales con alojamiento y comida.-

 En la parte trasera de la fonda, en un pequeño espacio que tenía una entrada independiente, que daba a la calle Hernando Gorjón, se había establecido un puesto para vender café.  Varias sillas, una mesa y un anafe, constituían la parte principal del mobiliario de dicha actividad. 

 Muy temprano, desde las cinco de la mañana, el local era visitado por numerosas personas que iban de paso hacia el mercado.  Era la época en que todavía no se utilizaban los vasos desechables.  Aunque fuera por breves momentos, las personas se reunían allí y conversaban, a la vez que se tomaban una taza bien caliente de un café acabado de hacer, en aquellos tradicionales coladores de tela. 

 Ese café se compraba crudo, con el color verde que mostraba el grano en su estado natural; era tostado en la fonda por las trabajadoras conocedoras del asunto, hasta darle el color negro intenso característico, siendo luego molido y convertido en polvo. 

 La nueva empleada tenía que levantarse diariamente a las cuatro de la mañana, para ya a las cinco tener abiertas las puertas de ese negocio.  Por dos ocasiones, el sueño se lo impidió; no se levantó a tiempo, perdiéndose en parte el ingreso que por ese concepto se producía en horas temprana.  La tercera vez que esto sucedió, la patrona no lo dudó y tomó la decisión de despedirla.

 Yo estaba presente cuando mi madre la llamó, y le dijo:                                

   – Tenga lo que se ganó hasta ahora, recoja sus cosas y váyase.”  –                   

 Entonces, aquella humilde mujer, sin amilanarse por la situación que se le había presentado, le respondió:                                                  

     – Ud. a mí no me puede votar, porque yo soy muy trujillista.-                       

 La patrona, sin perder el equilibrio de la conversación le contestó:           

  –  “Pues mire que sí, porque yo soy más trujillista que usted.” –                        

Este hecho muestra hasta que grado las personas reflejaban con su actitud, lo que recomendaba la esencia del estado policíaco en el cual vivían, que señalaba como necesario para vivir en el trujillato, el mostrar inclinaciones trujillistas.  De paso, lo aplicaban en su mismo entorno social para defender sus intereses.                                                                             

        

 

 

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