El Bar Ocoeño. – 1958- (8) PARTE 2

 

                     EL  BAR  OCOEÑO

Estaba situado al cruzar la calle, en el frente de la fonda.  Debía su nombre al lugar de origen del propietario, oriundo de la población de San José de Ocoa.  Este local abría sus puertas bien temprano. Los trabajadores del Mercado Modelo y los transeúntes que se dirigían al mismo, entraban a tomarse una taza de café, uno que otro jugo de frutas, emparedados o el tradicional “medio pollo” (café con leche servido en una taza más pequeña de la normal ).

 Cuando el ejetreo comercial del sector cesaba al caer la noche, otras actividades surgían, haciendo del bar Ocoeño un concurrido sitio de diversión. Allí, rodeados por casas de amor, expendios de frituras, “paleteros” y juegos de azar al aire libre, hombres y mujeres se daban cita  para bailar y beber.

 Una vellonera entretenía a los presentes con la música del momento; funcionaba con monedas de cinco centavos, dando esto al orígen de su nombre, pues a éstas las traían desde la isla de  Puerto Rico, donde a ese tipo de moneda se le llama vellón.

Frecuentemente yo me paraba en la puerta de la fonda a observar el movimiento del bar. Tenía amplios portones que dejaban  abiertos, por donde se podía observar todo lo que ocurría en su interior.

 Los hombres, vistiendo la moda del momento, con sus pantalones muy anchos y  camisas de variados diseños florales, llevaban el ritmo de la  melodía de moda, moviendo con destreza sus lustrados zapatos de dos colores.

 Las mujeres, llevaban las prendas de vestir bien ceñidas al cuerpo, simulando con un acentuado maquillaje sus largas noches de insomnio.  Algunas impregnaban aquel improvisado salón de baile con las imágenes grotescas de sus abultadas y apretadas carnes, donde otras hacían lo mismo, pero con la sensualidad de las atrayentes figuras que mostraban sus cuerpos.

En ese escenario, con el humo del tabaco nublando casi la visión, la música deleitando a los bailadores y la vocinglería de los que estaban sentados ante las mesas, cuyo alto consumo de  alcohol los hacía perder toda clase de inhibiciones, se producía, con una asiduidad que ya no causaba espanto alguno, riñas entre los presentes.  Aparecía la cuchillada o el navajazo, que en innumerables ocasiones dejaba sus marcas para siempre, en los rostros de esas melancólicas mariposas que soñaban con alas de seda, pero que la cruda realidad de sus vidas las hacía entregar parte del producto de su esfuerzo al “chulo” de turno.

Una noche entró al bar una patrulla del ejército. Estaba formada por dos soldados con trajes de campaña.  Cada uno llevaba en sus manos un fusil.  Se les veía en el cinto una bayoneta, una cantimplora y un par de cartucheras con municiones.

 Desde mi posición, en la puerta de la fonda, veía como los guardias se paraban delante de cada  mesa y hablaban con los ocupantes, quienes luego sacaban algo de sus bolsillos y se los mostraban.  De pronto, de una de ellas se oyó el ruido de botellas y vasos que caían.  En ese instante se vio a una persona que salía corriendo del local.

Un patrullero lo siguió y, parándose en la esquina, disparó ràpidamente hacia una zona oscura y desierta. De inmediato, un estruendo opacó cualquier otro sonido ambiental.  Observé con gran asombro un fogonazo por donde estaban las jaulas de los polleros, el mismo trayecto que aquel individuo al salir huyendo había escogido para escapar.

Al otro día, la curiosidad me llevó a la barra del bar, a donde Chepe, mi amigo, quien se dedicaba preparar los jugos y emparedados.  Le pregunté si sabía algo de un incidente que había pasado la noche anterior, diciéndome de inmediato que no.  Le expliqué entonces, con detalles, lo que vi.  El, con una leve sonrisa,como si fuera la cosa màs natural delmundo, me dijo:   

 -Ese fue uno que a lo mejor andaba sin los tres golpes.-

 Mi amigo se refería a lo siguiente:                                                  

La cédula personal de identidad.  Documento utilizado para el control interno de la población, cuyo pago de adquisición o de renovación anual dependía del estatus económico del ciudadano. El de mayor ingreso  pagaba más impuestos.                        

 El carnet del Partido Dominicano. El único vigente y al que todos debían estar inscrito por obligación.  Este documento mostraba en su portada una mata de palma, símbolo de esa agrupación política,  por lo que lo llamaban: “la palmita”. También era un instrumento de acopio de fondos para el régimen, ya que para su renovación había que pagar cierta cantidad de dinero.                                                  

 El registro del servicio militar obligatorio. En esencia, servía más para el adoctrinamiento que para el entrenamiento militar.             

Estos documentos constituían lo que el pueblo llamaba los tres golpes.  Por todo el país, los militares y agentes policiales se dedicaban a requerir de la ciudadanía la presentación de los mismos.  Las personas que no los tenían, los llevaban incompletos o vencidos, eran apresadas en el acto. El temor que geneneraba esta actitud hizo que, por miedo, la mayoría de la población obtuviera y mantuviera al día dichos documentos.

Cuando una persona salía de viaje por el interior del país, existían en el camino puntos militares de chequeos, donde esta tenía que  mostrar la cédula personal de identidad.  Recuerdo también en la fonda, las personas que alquilaban una habitación, tenían que  mostrar ese documento.   Los datos personales de ese viajante casual de una noche, se anotaban en una hoja impresa para tales fines y ese reporte se enviaba  a una dependencia gubernamental.  

 

La foto de arriba es la portada del carnet del Partido Dominicano, La Palmita, como era llamada por el pueblo.  Léanse las palabras Rectitud, Libertad,Trabajo y Moralidad.  Eran las consignas del partido, que coincidían con las primeras letras de los nombres y apellidos del tirano: Rafael Leonidas Trujillo Molina.

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