Leo. -1980- (16)

Rocío:

Para que algún día,  si todavía no lo has hecho,  puedas valorar en toda su dimensión a quien tienes como madre.  Y sepas de donde viene eso que tú también manifiesta:  solidaridad humana.

Cuando Manty me llamó, quedé casi mudo por la sorpresa; por lo repentino.  Corría el año 1999.   Me dijo que se había enterado por las noticias en la televisión.   El cadaver de nuestro hermano tirado en la acera de una calle en la Zona colonial.

Sus recursos económicos en aquel entonces eran muy mínimos.  Yo recién había perdido el fruto de casi diez años de trabajo en un incendio en la casa donde vivíamos.  No podía ayudarla en lo que deseaba hacer.

Y solamente con la fuerza del deseo; haciendo como dicen de tripas corazones, luego me contó lo que había hecho. Tomando prestado, logró hacerle un espacio y enterrarlo al lado de nuestra madre y hermana, en el cementerio de Cristo Redentor.

Nadie es perfecto en esta vida.  Todos cometemos errores.  Y lo que una vez le critiqué, hoy  es mi mayor elogio para su persona: la solidaridad humana.  Gracias hermana, sacaste la cara por todos en el momento preciso.   Yo, no lo hubiera hecho mejor.

En honor a ella, saliéndome del tema de la “Era de Trujillo”,  coloco este relato del libro “La Fonda”,  por delante de otros, como mi regalo en tu cumpleaños.  La vida tortuosa de un tío desconocido por ti:  Leo.

 

                                                                   “ LEO”

Leonardo Brache Burgos nació bajo la dictadura trujillista.  Fue uno de los tantos jóvenes de la “generación del silencio”, que se integró a las batallas callejeras tan pronto ajusticiaron al tirano.

 Cuando salió a la luz pública la agrupación política “14 de Junio”, éste se unió a sus integrantes en la lucha que empezaban a desarrollar en pos de sus ideales, los ideales de los nuevos tiempos.    

Durante el fragor de los eventos en las calles que buscaban expulsar del país a los remanentes de la dictadura, Leo siempre llegaba a la casa en horas de la madrugada.  Entraba por una ventana que dejaban abierta en la parte trasera de la fonda.  Esto lo hacía con ayuda de una de las trabajadoras, para ingresar sigilosamente a su cuarto de dormir, buscando que su madre no se diera cuenta de sus andanzas políticas.

 Pero la “Doña”, como él le decía, fue informada no se sabe por quién, de lo que estaba haciendo uno de sus hijos. 

Y la reacción de la misma no se hizo esperar.  Yo estaba presente cuando ocurrió aquella paliza.   En un ataque de ira descontrolada y con un palo entre sus manos, una noche en el patio de la fonda y delante de varias personas, agredió brutalmente al hijo hasta hacerlo sangrar, a la vez que le repetía constantemente las siguientes palabras: “Para que te mate la policía, mejor te mato yo”.  Sumiso, como siempre, ante la presencia de su progenitora, aguantaba callado y sin moverse aquella tunda de palos. 

 Aquello fue un mensaje típico de las costumbres, mentalidad o sicología del cabeza de familia de la época, para corregir y mantener bajo control a los miembros dependientes del clan familiar.  En este caso se buscaba matar dos pàjaros con un solo tiro.  Por un lado, que el hermano mayor desistiera de sus prósitos.  Por el otro, servía de advertencia a los menores, de lo que le pasaría si tomaban el mismo camino.

 Pero esa patética reprimenda no hizo desistir de sus propósitos al primogénito de la “Doña”.  Este, como si nada hubiera pasado, siguió con sus actividades políticas.  Y en varias ocasiones cayó preso por cortos períodos de tiempo.  Y la cocinera de la fonda nunca lo desamparó en tales circunstancias, ya que siempre buscó la manera de suavisarle el momento ante esos apuros.

 Tan pronto se produce el golpe de estado al gobierno del profesor Juan Bosh, el 25 de septiembre de 1963, dirigentes y militantes del “14 de Junio” empiezan a ser perseguidos.

Leo cayó en manos de las autoridades.  Lo acusaban entre otras cosas, de formar parte de un grupo de apoyo en la ciudad para la guerrilla, que en esos momentos estaban operando en las montañas.

Y empezó el calvario de la “Doña”. Visitas a la càrcel llevando alimentos; un colchón y dinero para sus carceleros, buscando con esto último de que se lo trataran bien.  Hubo un día que se lo dejaron ver.  Solo atinó a curarles sus magullones, con miradas medicinales de la farmacia de su corazón.  Ella siempre presintió que eso o algo peor le iba a suceder, cuando trató de evitarlo, a su manera, con aquella salvaje reprimenda.    

Todavía recordaba aquel sonido; tan angustiante, que le aceleraban los latidos de su corazón.  Aquel peculiar de los  “carros cepillos” con los agentes del S.I.M dentro, cuando rondaban por la fonda en avanzadas horas de la noche.  Y pensaba: “ ¿Vendrán a llevarse algún capullo de mi jardín? ”  Y cuando ese presentimiento se convirtió en realidad, pero en la vida de otras madres;  vio, como en el caso de su vecina, que sólo le quedó el recuerdo de la imagen del hijo en la noche fatídica, porque ni siquiera una tumba apareció para ella derramar sus abundantes lágrimas, como por igual un lugar, donde llevarle una flor que adornara su cuerpo  ya dormido para siempre. 

 

                                         En la foto, Leo durante su exilio en Francia.

 Cuando se cansaron de su encierro, deciden enviarlo al destierro.  Un medio día, dos agentes del servicio secreto, mal encarados, se aparecen en la puerta de la fonda; y uno de ellos dice lo siguiente:  “Díganle a la Doña que prepare una maleta y se presente en dos horas al aeropuerto, que su hijo serà deportado.” 

 La noticia no paralizó a la madre, porque la realidad congeló sus làgrimas en el aire.  Momentos de lloriqueos no eran, había que preparar con urgencia algo de ropa y llegar a tiempo a la terminal de vuelos.  Allí, un beso dado en la frente y un equipaje de emergencia acompañaron a la carne de su carne a un exilio incierto.

 Al terminarse la revolución que empezó en el mes abril de 1965, en septiembre del mismo año, Leo regresa desde Francia a donde había sido deportado, junto a la mayoría de los que fueron sacados del país durante el gobierno del Triunvirato.  Fragmentada su agrupación política, produciéndose luego su extinción, deja la militancia partidista.

Su tiempo dicurría entre diversos trabajos en el sector privado y en la asidua lectura de libros, cuya connotación histórica, política y económica, lo hacía ver como preparàndose para algo, lo cual al pasar el tiempo, lo que fuera, nunca llegaba.

 En sus expresiones cotidianas, se le podía sentir todavía un dejo de rebeldía ante el estado de cosas circundantes, pero una ya creciente realidad interna lo estaba haciendo vivir fuera de su realidad externa.  Mientras, algunos de sus antiguos compañeros estaban siguiendo las consignas de  “lo mejor al campo” o de “tierra arrazada”. 

Pasan los años. Para ser exactos, doce. Fue viendo, con una cotidianidad que ya no le causaba espanto alguno, cómo iban cayendo en todos los frentes aquellos que junto a él rompieron tapas del alcantarillado y bombillas del alumbrado público, quemaron neumàticos y quebraron vitrinas en el sector comercial de la parte baja de la ciudad, en los días inciertos después del tiranicidio, cuando la familia Trujillo y sus acólitos no querían dejar el poder. 

 Nunca dijo el porqué, pero hacía tiempo que ése había dejado ser su mundo, al cual nunca pudo integrarse después de la vuelta del exilio.  Poco a poco su personalidad se fue diluyendo, así como su pensar acerca de los ideales, ya en los nuevos tiempos.  Su espíritu fue dominado por una apatía tal, que abandonó toda clase de inhibiciones y se puso a mendigar por las calles. 

La frustración de ese guerrero callejero, le salvó quizàs la vida, al no verse envuelto en la cacería de izquierdistas que se desató en el país. Pero el tiempo y su problemàtica  sicológica lo convirtieron, en una de las tantas sombras que cubrían por las noches los rincones de la Zona Colonial. 

 

 

                                                      

 

 

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