EL ALTAR : Un año después del tiranicidio. (15)

 

 El Palacio Nacional es la casa de gobierno de la República Dominicana.     

En 1939 el arquitecto italiano Guido D’ Alessandro inició, a solicitud del dictador Rafael L. Trujillo Molina, la elaboración de los planos del Palacio Nacional, labor que le tomó poco menos de tres años debido a lo elaborado de cada salón. La construcción de la obra se inició el 27 de febrero de 1944, en ocasión de celebrarse el primer centenario de la República, y fue inaugurado el 16 de agosto de 1947. 

En su origen, fue habitado por una familia, donde la perversidad de su patriarca,  terminó el 30 de Mayo del año 1961.   A partir de la fecha, con muy pocas excepciones,  ha sido habitado por verdaderos servidores públicos.  El que es nombrado o elegido para un cargo, piensa que es un premio a su persona, y  olvida, que es una responsabilidad que con lleva a servir a todos los miembros de la comunidad que lo eligió.   No a intereses de individuos o grupos de ellos.

           CANTOS  GUERREROS  DE  LA  NUEVA  SIMIENTE:  1961-1962

Entonces, parte de esa generación que venía saliendo del capullo con sus cantos y juegos de niños, se vio de repente envuelta en las luchas de los trujillistas y anti-trujillistas. Jamàs se dio cuenta en qué momento del camino comenzó a perder su inocencia.  Los acontecimientos se precipitaron de una manera tan rápida, violenta y cruel, que echarla de menos no fue lo más importante en sus vidas.

Ellos fueron los que no tuvieron tiempo como otros de dibujar su futuro.  Tuvieron que enfrentar con sus cuerpos aún tiernos a los que pretendían escamotearles sus derechos y el de toda la colectividad.  

Nos referimos a esos jóvenes que a temprana edad tuvieron que cambiar sus canicas  y pelotas de goma por piedras y pedazos de alcantarillas rotas.  A los que maduraron políticamente en el fragor de las batallas callejeras del entorno urbano, dejando sus libros y cuadernos tirados en los contenes y aceras, salpicados con su sangre e impregnados con el tufo lacrimógeno de las bombas.

Fueron también los que se enfrentaron a sus padres en los hogares, cuando estos les decían que por la muerte de Trujillo, todos iban a llorar làgrimas de sangre; los que hizieron añicos la autoridad de los maestros en las escuelas, cuando estos se oponían a que se tiraran a las calles a protestar, porque les decían que con la muerte de Trujillo bastaba, pero ellos entendían que entre tanto paternalismo hogareño y disciplina militar en las aulas, se coló la voluntad de un tirano y no iban a dejar que los que se creían los herederos del país se salieran con las suyas. 

Esos jóvenes fueron también los hombres y mujeres que luego en parte perdieron sus vidas, al convertirse en la reserva guerrera de su generación y en dar sus respuestas a tantas injusticias infligidas, porque se dieron cuenta de que no bastaba con la eliminación física de Rafael Trujillo, decidiendo entonces actuar en consecuencia.

Por eso arremetieron contra los trujillistas de nuevo cuño, esos que ya no actuaban por miedo y si por conveniencia, aquellos  que siguieron usando los métodos y las estructuras de poder que el tirano dejó, para ellos obtener beneficios propios en perjucio del bien común. 

 Y así empiezan las luchas contra los remanentes de la dictadura, representada por Ramfis, el hijo mayor del dictador muerto, que con el apoyo de las Fuerzas Armadas y utilizando al mismo “presidente títere” puesto por su padre, había tomado las riendas del poder.  Estos, al no estar conscientes de las verdaderas fuerzas que acabaron con Rafael Trujillo y creyendo que podían continuar dirigiendo el régimen, tiran a las calles a quienes habían sido entrenados para defender al mismo en nombre de la patria, pensando en que solamente iban a lidiar con jóvenes revoltosos.  Esos jóvenes, junto a grupos de ciudadanos que se organizaron y crearon un frente para acabar con los residuos dictatoriales, tampoco pudieron darse cuenta en un principio de las fuerzas que se movían entre bastidores dirigidas desde Wáshington y que coincidían en esos momentos con sus acciones.

La Guardia Nacional de donde provino la formación militar del ya presidenteTrujillo, bajo su mandato la divide en tres, supuestamente para la defensa nacional y mantener la soberanía del país: el ejército, la marina y la aviación.  Con el paso del tiempo a estos los equipan con un poderoso  armamento que para la época era lo más moderno, en donde hay aviones de combate, fragatas, tanques de guerra y otras  armas de gran calibre.   

En la ciudad de San Cristobal, cuna del tirano, se instala una fábrica en donde se hacen entre otras cosas fusiles y ametralladoras, conviertiéndolo todo esto en una figura muy temible, no solamente en el país, sinó también en la región del Caribe.

Pero a los militares los preparan es, para el sostén y mantenimiento de la dictadura.  Se les inculca que defender a Trujillo es defender a la patria.  Los adoctrinan en el sentido de que los enemigos de Trujillo son los enemigos de la patria y reciben órdenes de perseguir, apresar o aniquilar a todo adversario del régimen y a quienes no siguieran los lineamientos del mismo, pues lo eran también de la patria.  Las fuerzas armadas de un país equipada y entrenada para defender y servir a un tirano junto a su familia, en nombre de la patria.

Esas estructuras de caracter represivo, cuya especialidad era el de mantener bajo control a la ciudadanía durante la dictadura, más tarde serían adoctrinadas en su plana mayor en cursos de entrenamientos militares en el exterior por el gobierno norteamericano.  Les cambian entonces los objetivos de su razón de ser, acorde a los intereses de sus nuevos mentores.  Mientras, eran utilizadas por los gobernantes de turno para sus propios proyectos y enviadas a las calles a reprimir a quienes se les oponían.  Con esto, las relaciones entre el pueblo y los guardias después que muere Rafael Trujillo, se deterioran aún más.

Es a partir de ahí, cuando los estudiantes empiezan a salir de las aulas escolares hacia las calles para realizar protestas; momentos donde se vive con la modalidad de quebrar las vitrinas de las tiendas, la destrucción  de los vehículos con bombas de fabricación casera llamadas “molotov” ; el lanzamiento de grapas en el medio de las calles para desinflar los neumáticos y la quema de los mismos, como también el dejar sin luces los vecindarios al destruirse los bombillos del  alumbrado público. 

 Y por primera vez, después que desaparece el miedo, esa generación de jóvenes que venía escalando las vertientes de la vida, se enfrentan con  aquellos que por varios decenios  mantuvieron “el monopolio de la violencia” para defender los intereses de su creador.  El choque entre esos instrumentos del poder y esas masas enardecidas, hizieron del principal centro urbano de aquella época, en el mes de octubre de 1961, un campo de batalla.

Unos con piedras y pedazos de alcantarillas rotas, los otros con balas y bombas lacrimógenas, escenificaron escaramuzas callejeras que tuvieron su punto más álgido en los sucesos de la calle Espaillat, en el barrio de Ciudad Nueva en la Capital del país.

 Allí llevaron las de perder los que carecían de la fuerza; pero luego los hechos subsecuentes que ocurrieron en el país les darían la razón a esos jóvenes, porque ellos desde las calles, los techos o las azoteas luchaban por lo que debió haber traído la muerte del dictador: la destrucción del armazón que sostuvo a la dictadura. 

 La presión internacional por un lado, dejàndole  entender que las sanciones económicas impuestas al país seguirían por tiempo indefinido, por lo cual comprendió de que no iba a obtener en un breve lapso de tiempo los beneficios de la última venta de azúcar que representaban cerca de $20 millones de dólares, y la de los partidos políticos que se fueron organizando rápidamente, le crearon un ambiente dificil a Ramfis Trujillo, quitàndole el interés de permanecer por màs tiempo controlando el país, cosa que aparentemente nunca buscó o deseó.

 Por lo anterior, decide abandonar el poder e irse junto a sus familiares el 19 de noviembre de 1961.  Con esto, termina el proceso de la caída del régimen trujillista, pero su “Era”, como una herencia del mal, seguiría por varios decenios azotando al pueblo dominicano con algunas de sus secuelas màs sangrientas.

 Luego de la huida, cuando empiezan los saqueos a las propiedades de los Trujillo y sus allegados, incendios y una que otra paliza en las vías públicas a los calieces e informantes, los herederos del poder se escandalizan por el vandalismo que tras esto surge y tiran nuevamente a las calles a los estamentos del miedo creados por el tirano para su sostenimiento.

 El abuso genera odios y la violencia desatada por el rencor contenido, funcionó en aquellos momentos como vàlvula de escape, ante la ausencia de una verdadera justicia.  Y esa ira, que muchos no tuvieron la capacidad de interpretar y que luego calificaron de libertinaje, fue el producto de las arbitrariedades cometidas por una casta sobre las vidas de varias generaciones, como también por las acciones de quienes en esos momentos estaban dirigiendo el país, los cuales no daban señales de satisfacer las ansias de cambios que los ciudadanos estaban demandando. 

 Entonces, al pueblo le entregan un mensaje lleno de esperanza, que todos coreaban por las  calles ese fin de año: Navidad con libertad, la primera en más de 30 años.  Pero lo triste de todo fue, que quien en parte se quedó gobernando, fue aquel famoso cortesano produjo la dictadura de Trujillo, el cual ante su cadaver hizo público un juramento, en donde invitaba a todos los allí presentes a defender su memoria.  Y de la elocuencia de las palabras en ese panegírico, con el tiempo pasó a la elocuencia de los hechos, llevàndo a la práctica el estilo trujillista de gobernar y cumpliendo esa promesa.

Y la sociedad, convulsionada por tantos eventos estremecedores en tan corto tiempo, creyó sentir el clímax de los mismos una tarde del mes de enero de l962, el martes 16, cuando se produce una matanza en el Parque Independencia, en los momentos en que líderes políticos arengaban a una multitud reunida por sus alrededores, en donde exigían entre otras cosas, la renuncia del último presidente impuesto por Rafael Trujillo: el Dr. Joaquín Balaguer. 

Todo empezó cuando varios tanques de guerra bajaron por la calle 30 de marzo y rodearon el parque. Una fuerza militar trató de dispersar a la multitud, generándose entonces una balacera en la cual hubieron cinco muertos y decenas de heridos.  Esto produjo una crisis entre los grupos que gobernaban el país, que dio paso a reformas que impidieron lo que por naturaleza debió haber traido la muerte violenta del sanguinario tirano: una revolución.                                                                                                                                       

Esa revolución que debió haber cambiado radicalmente el estado de cosas y la cual no dejaron desarrollarse; ese baño de sangre que el país se ahorró (en esos momentos) al evitarse un  estallido social ejemplarizador en esos meses históricos, fueron intentos vanos de querer buscar una armonía política que fracasó, debido a sus motivaciones, intereses particulares de grupos internos y externos muy lejanos a las necesidades presentes  de la colectividad. 

Por eso esas reformas no pudieron evitar que los culpables todavía con poder siguieran actuando a sus anchas, ya que fueron hechas por los mismos a su medida, haciendo que el descontento popular fuera aumentando y se hiziera màs evidente luego del golpe de estado del 25 de septiembre de 1963, lo cual degeneró en una división de las Fuerzas Armadas el 24 de abril de 1965, provocando esto una guerra civil y la segunda invasión norteamericana para el país en el mismo siglo XX. 

                                      EL  ALTAR

                                  30 de mayo 1962

                        -Un año después del tiranicidio-

Cuando ajusticiaron al dictador, hecho acaecido alrededor de la diez de la noche del martes 30  de mayo de 1961, el reloj de la dictadura siguió funcionando, pero marcando sus últimas horas.

                                                  No llores muchachita quisqueyana
                                                     esconde tu dolor un poco más,   
                                 que otra vez volverán a tu ventana                                          
                                                  las canciones de antaño a resonar.
              
 

Cuando a la gente en la calle le llegan los rumores de su muerte, esta se pone a la defensiva.  Algunos no lo creen o se resisten a creerlo.  Otros, por temor a caer en un “gancho”, no dicen nada o responden con evasivas, tratando el asunto sin comprometerse.  Aun después de conocerse la noticia oficialmente, vemos como un conductor del transporte público responde: “unjú”, cuando en el mismo momento que estaban transmitiendo por el radio de su vehículo los hechos acontecidos, le preguntaron de que si era verdad que lo habían matado. 

Todo eso era el reflejo de lo que durante varios decenios la colectividad había adoptado como parte de su forma de vida con relación al régimen: el miedo.

                                      
                                             No sufras campesino de mi tierra 
                                               esconde en el arado tu ansiedad,
                                       que algún día en el surco de tu siembra
                                                      una rosa de amor florecerà.

 

A partir del mes de junio, los signos de que la dictadura empezaba a desmoronarse, puso en estado de alerta a los habitantes de los centros urbanos, que poco a poco fueron despertando del letargo o modorra a que los sometieron los factores de dominación trujillista. 

La figura que llenó de terror a la ciudadanía por medio del S.I.M., sus agentes secretos llamados calieces y el centro de torturas con el nombre de  “La 40”, bautizada de esa manera porque estaba en una calle señalada con ese mismo número, el coronel Johnny Abbes García, sale del país junto a sus familiares, para ocupar un puesto diplomático en el lejano oriente.  A él se le ve en una foto aparecida en un periódico local, cuando se disponía abordar el avión en el entonces Aeropuerto Trujillo, el cual lo llevaría  al Japón, lugar del nuevo cargo que le habían asignado y que nunca ocupó.  

Este nefasto personaje muere años después, según informaciones periodísticas sin confirmar, en un supuesto accidente en el vecino país de Haití, cuando trabajaba a las órdenes de otro dictador.                                               

                                         Quizàs alguna vez también yo he de volver
                                             y pueda preguntar por el amigo aquel,
                                 y  el beso sacrosanto de mi madre,                                                   
                                                  como una bendición pueda tener.  
 

La familia Trujillo empezó a marcharse.  El hijo mayor del tirano ajusticiado, Ramfis, el cual había tomado las riendas del poder al morir su padre y un día antes de irse, el 18 de noviembre, hace desaparecer con ayuda de sus más leales acompañantes a todos los que estaban presos y habían participado en la muerte del patriarca del clan familiar, quienes ya se vislumbraban como héroes nacionales.  Años después, en 1969, este moriría en un accidente en las afuera deMadrid, ciudad capital de España, al estrellarse el vehículo que conducía. 

                                         No llores muchachita quisqueyana

                                          esconde tu dolor un poco màs,

                                          y  veràs las campanas de tu iglesia,

                                              repicar anunciando libertad.

El adoctrinamiento, el segundo soporte del altar del régimen para mantener de rodillas al pueblo, cede ante lo inevitable. Y en la antesala de una crisis  politica y militar sin precedentes, el miedo se traslada a la acera del frente, cuando aparecen las turbas adueñàndose de las calles de las principales ciudades del país, arrazando con todo vestigio dictatorial, saqueando y destruyendo las pertenencias de la familia caída en desgracia junto a las de sus íntimos, que en la huída habían sido abandonadas. 

 Y de cada hogar es bajado de sus paredes una foto muy famosa, la cual hubo de exibirse con obligatoriedad; tenía la imagen del que se hizo llamar en vida “Primer Maestro de la República.”  Dicha foto mostraba en su parte baja  una placa de metal con la siguiente inscripción: “En esta casa Trujillo es el Jefe”. Lo hizieron algunos no por voluntad propia, sinó por miedo a los nuevos amos de la situación; y por lo tanto no fueron destruidas, pero si escondidas. Con esto vemos como una parte de la población oculta el sentimiento trujillista generado por el factor ignorancia, por el temor que genera con sus acciones otro segmento social, convertido en hordas anti-trujillistas. 

Por toda la geografía insular, desde Cabo Engaño hasta la frontera, los nombres que recordaban al gobernante caído, a sus ascendentes y descendientes, fueron sustituidos de los puentes, parques, hospitales, escuelas públicas, calles y  avenidas. También, los bustos y las estatuas,  junto a  toda placa conmemorativa referente al “Benefactor de la Patria”, fueron derribadas y destruidas.                                                          

Hasta la ciudad capital, que había perdido su nombre histórico en un acto  aparente de adulación exorbitante, al ponérsele Ciudad Trujillo, recobró el  mismo y la volvieron a llamar:  ¡Santo Domingo de Guzmàn! 

Los carniceros de las conocidas cámaras de torturas se escondieron. Cada día se veían bandas en busca de los calieses e informantes, así como de las golpizas en las vías públicas que algunos recibieron.

Se promulgó una ley por la que prohibían todas las actividades de índole trujillistas. Y  el 30 de mayo fue declarado “Día de la libertad”, para que cada año fuera celebrado como un feriado nacional, oficilizándose de esta manera la recordación de la muerte y caída de la dictadura de Rafael Trujillo. 

 Años después, en el primer período de gobierno que le tocó presidir a uno de los colaboradores del régimen eliminado, ese compromiso histórico con el pueblo fue anulado. Se les dejó solamente a los periódicos, cada año, la evocación de ese hecho.

Una tarde, cuando ya la turbulencia provocada por las pasiones desorbitadas se hubo aplacado, la población dividida en trujillistas y anti-trujillistas, fue recobrando su cordura; la ignorancia, la última de la trilogía que mantuvo a la misma sumisa al régimen, apareció de manera repentina ante mis ojos y puso a prueba mi capacidad asombro.

 Buscando algo que necesitaba, entré a una de las varias habitaciones que mantenía la fonda para sus huéspedes, cuando me vi de frente con un altar improvisado en el piso: varias velas encendidas iluminaban una  imagen de Trujillo, la misma que había estado durante muchos años adornando una de las paredes de la fonda y que de un día para otro desapareció misteriosamente. 

Nunca se supo quién la había quitado de su lugar original y llevada luego a otro desconocido, apareciendo ahora en el rincón de una habitación en penumbra, como el objeto principal en un ritual de recordación solemne.

Enseguida salí de allí, no sin antes cerrar la puerta.  Busqué a mi madre. Cuando la encontré y le conté lo que había visto, me dijo:

   -¡Calla, que si viene la turba nos desbarata el negocio!

 Al instante comprendí quién había hecho aquello.  Ese día se cumplía el primer año de la muerte del“jefe”.  De paso, también confirmé de que no fueron agüajes del momento lo que le dijo varios años atrás la patrona a la empleada cuando la despidió.     

Esta vivencia, junto a las imágenes que pasaron por la televisión un año antes, durante el entierro deTrujillo, en donde vi a hombres y mujeres humildes llorando y gritando desconsoladamente por la muerte del hombre que por más de treinta años los había gobernado, fueron para mi momentos desconcertantes.

 Entonces, me decía a mi mismo: ¿Y a quién es que han matado ?

La respuesta la encontré muchos años después, cuando reflexionaba sobre el contenido de unas palabras escuchadas en un documental que acerca de esos hechos estaban exhibiendo, lo cual me permitió visualizar desde otra perspectiva ese fenómeno, que junto a los anàlisis de los recuerdos de tantas vivencias, me hizieron comprender qué se escondía detràs de la figura que fue inventada e incrustada en la siquis de todo dominicano que vivió en aquella época.   

                    “La miseria y la ignorancia generalizada, inclinaron al pueblo

                      a confundir con un Mesías al mayor agresor de su condición

                          humana.”    ( El Poder del jefe III, de René Fortunato)

 

                         

 

                                                 

 

 

 

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