EL CLIENTE. junio-noviembre 1962 (17)

                                      EL  CLIENTE  

                                                       Junio-noviembre

                                                        1962

 

 Ya eran muy pocos los camiones procedentes del interior del país con su tradicional carga de frutas y vegetales, que se dirigían directamente al Mercado Modelo.  Ya el instalado en Villas Agrícolas, se había establecido definitivamente como el nuevo hospedaje. Pero cuando llegaban algunos, el negocio de mantenía muy activo, ya que sus ocupantes los parqueaban por los alrededores y luego lo visitaban.

El personal de trabajo de esos vehículos estaba compuesto por un chofer y varios ayudantes, a los cuales llamaban “peones”.  Uno de ellos se hizo muy conocido entre las mujeres que laboraban en la fonda; lo llamaban por su apellido, Valerio.

Un día, se apareció nuestro personaje como inusualmente lo hacía. Estaba bien vestido sin aquellas ropas andrajosas de un peón de camiones, manejando un carro grande de color negro marca Mercedes Benz.  Entre las empleadas se corrió la voz.  Y fue así que, escuchando una conversación entre algunas de ellas,  me enteré de la existencia de tal persona. 

Aparentemente, había dejado el trabajo de ayudante choferil y conseguido otro con mejores resultados económicos.  Y siempre volvía al negocio de comidas, atraído por el sazón agradable de sus platos, al cual se había acostumbrado desde cuando era un obrero trabajando en un camión de cargas.

En una ocasión, salí a la calle y me puse a mirar detenidamente el carro que manejaba Valerio.  Una cosa que me llamó la atención fue ver en su interior un intercomunicador  integrado al panel, en donde estaban los controles de manejo.  En aquellos tiempos era raro ver algo así, por lo cual aumentó mi curiosidad por saber a qué tipo de actividad se dedicaba, quien ya había levantado una serie de comentarios entre las empleadas del negocio de venta de comidas y alojamiento.

 Pasaron los meses, y a partir de un día dejamos de ver a ese lujoso medio de transporte  que regularmente lo parqueaban en el frente de la fonda.

Una tarde, estaban transmitiendo las imágenes del juicio a los acusados del asesinato de las hermanas Mirabal y la del chofer que las acompañaba.  En un momento dado, una de las trabajadoras empezó a vociferar de manera persistente, a la vez que señalaba con una mano hacía el aparato de televisión, diciendo:

                                      -¡Miren, miren, ese es Valerio!

 Alfonso Cruz Valerio, de un humilde peón de camiones, pasó a convertirse, de la noche a la mañana, en un destacado miembro del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), la cruel y temible policía secreta del régimen de Trujillo.

Fue juzgado y encontrado culpable por haber participado en  esos crímenes, hecho ejecutado junto a otros que también confesaron sus delitos, recibiendo casi todos la misma sentencia:  30 años de prisión.

En el año  de 1965, durante la revuelta que empezó en el mes de abril y en los momentos que el país sufría una guerra fratricida, antiguos colaboradores de la desaparecida dictadura y con aún cuotas de poder, permitieron la escapatoria de todos los que estaban presos por los sucesos en el caso de las Mirabal. 

Con su muerte, Rafael Trujillo se llevó la culpa de ese hecho y de todos los crímenes que se cometieron durante su reinado, porque los que lo ayudaron por miedo o conveniencia, esos criminales, torturadores y sus cómplices, nunca pagaron su cuota de responsabilidad.

Antecedentes.

 El destino tràgico de la familia Mirabal, empieza en junio del año 1949.  Minerva y sus padres asistieron a una fiesta ofrecida en Santiago en el Palacio de la Gobernación en honor al dictador Trujillo.  Este conoce a Minerva Mirabal y se siente atraído por su belleza.  Intenta seducirla pero ella lo rechaza con firmeza.  A raíz de esto, su padre es detenido y encerrado por un tiempo en la Fortaleza Ozama, en Ciudad Trujillo. 

Al paso del tiempo, Minerva se casa y junto a su esposo, Aurelio Tavàrez Justo, forman junto con otros  en la clandestinidad, el Movimiento 14 de Junio.

 

Los que cometieron los asesinatos:

Ciríaco de la Rosa, Ramón Emilio Rojas Lora, Alfonso Cruz Valerio, y Emilio Estrada Malleta, todos miembros de Servicio de Inteligencia Militar. El último, de origen cubano, había prestado esos mismos servicios a la dictadura de Fulgencio Batista.

 Ciriaco de la Rosa, uno de los asesinos, cuenta lo siguiente:

“Después de apresarlas, las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a la de las trenzas largas (María Teresa).  Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta (Minerva), yo elegí a la más bajita y gordita (Patria) y Malleta, al chofer, Rufino de La Cruz. Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separadas todas para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una.  Traté de evitar este horrendo crimen, pero no pude, porque tenía órdenes directas de Trujillo y Johnny Abbes García. De lo contrario, nos hubieran liquidado a todos”.

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