Epopeya: Los sucesos del 15 y 16 de junio del año 1965. (22)

Dedicatoria:

  A la familia Maldonado,  quienes  junto a otras tantas llegaron a nuestro hogar brincando paredes y cruzando  patios; buscando un lugar para proteger sus vidas, huyendo del ametrallamiento  a que fue sometida la zona constitucionalista los  dias 15 y 16 de junio del 1965. 

Allí, cerca de veinte personas, durmiendo y comiendo en el piso, vivieron horas de temor y angustias.   Fueron los momentos donde indescriptibles  sonidos se posaron en nuestros oídos, cuando sentíamos como se incrustaban en las puertas y ventanas las estillas de los morteros; la piedra demolida cayendo como lluvia de arena por el efecto de los cañonazos a las casas de blocks y cemento.

 Al atardecer de ese  primer día, cuando notamos por largo rato que habían cesado los disparos y ante un silencio casi tenebroso, la curiosidad nos hizo abrir muy despacio una hoja de puerta: muertos por doquier.  Vimos escenas dramàticamente impactantes. La figura de aquel viejito con un bizcocho entre sus manos abiertas y el bastón a su lado.  El joven tirado boca abajo en la esquina, con sus manos agarrando su vientre.  Habían otros màs en la intersección de las calles Enriquillo y Benito Gonzàlez. Eran los cuerpos de las personas que no tuvieron tiempo para buscar un refugio seguro.

 Y hoy, la familia Maldonado y parte de la mía, allende los mares, comparten esos recuerdos a través del siguiente relato: 

                                 

                                 EPOPEYA

1965:  15 y 16 de Junio.

 Este relato sobre la Guerra de Abril, la generación presente no lo encontrarà en ningún libro.  Tampoco aparecerà en ningún artículo periodístico o en ningún anàlisis que sobre el tema se haya hecho.

Solamente, latente en el corazón de sus protagonistas:  niños, hombres y mujeres del pueblo que sin ningún entrenamiento previo, con la razón de sobras de su lado y la ira desbordada ante tantas injusticias, se convirtieron en guerreros de su patria a la hora necesaria en el momento preciso.  

 Nada es gratis en la vida, aunque dicen que solo la gracia de Dios lo es. Todo tiene su precio y hay que pagar por ello.   Y hoy  la historia con su verdad, viene cobrar en nombre de las masas irredentas.

 ¡Ojalà! no se vuelva a repetir.  Y si ha de ser, que este ejemplo guíe a los relevos generacionales.

 Entrenados y formados ideológicamente en las mismas escuelas; unos, al verse perdidos en la  lucha, acusan a sus compañeros de cuartel de estar dominados por los comunistas y piden la  invasión norteamericana, con tal de ganarle la partida a sus adversarios.

 Y desde Wàshington, todavía con el dolor que le produjo la pérdida de Cuba, deciden por segunda vez mancillar el suelo dominicano y de paso ayudar a sus fieles colaboradores, que ante una eminente derrota, prefieren entregar la soberanía de su país y no darle la satisfacción del triunfo a sus oponentes.

Y los que se apegaron a que debía volver el gobierno elegido  por el pueblo, ya con un líder militar surgido al calor de la lucha urbana, el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, actuando entonces por puros principios, deciden seguir la lucha en contra de  sus hermanos de uniformes, recogiendo de paso el honor pisoteado de la patria, enfrentando también con más coraje que con armas a los intrusos, rompiendo así el cordón umbilical, que como militares entrenados algunos de ellos en academias norteamericanas, los unía a sus nuevos mentores ideológicos después de caída la dictadura de Trujillo.

Cuando comienza la invasión a partir del 28 de abril, donde solamente los norteamericanos llegan a desembarcar alrededor de 40 mil marinos, los Constitucionalistas se dan cuenta de que ya no pueden ganar.  Luego son acorralados y resisten hasta pactar, llevándose la satisfacción de que un enemigo tan poderoso no pudo vencerlos.

Los gobiernos de Brasil, Paraguay, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y el Salvador -la mayoría  de ellos dictaduras civiles y militares en esos momentos-  enviaron también  su cuota de soldados amparados por la OEA, organismo regional manipulado por los Estados Unidos, que violando su carta constitutiva en la cual se consagra el principio de la no intervención y la libre determinación de los pueblos, buscaba legalizar la invasión con la creación de la llamada Fuerza Interamericana de Paz  (F.I.P.)

 El hecho de que la FIP no venciera en el plano militar, se debió en parte a que no hubo un ataque definitivo. Quienes dirigían desde Wáshington las maniobras, le temieron a un escándalo internacional si realizaban una masacre. Y eso los detuvo, no el daño que tal acción  iba  a generar entre la población civil.  En el sector dominado por las fuerzas dirigidas por el coronel Caamaño, vivían miles de familias vulnerables a una incursión armada de esa naturaleza. Pero para llegar a esa conclusión, las fuerzas de ocupación trataron de hacerlo entre  los días 15 y 16 de junio.

Durante el trayecto de la contienda, los llamados  “rebeldes” por las fuerzas invasoras, fueron creando los  “comandos”, estructuras militares barriales que les permitían controlar cada espacio de su zona.  Y esperaban, no podían hacer otra cosa.

El día 15, alrededor de las ocho de la mañana, una lluvia de balas de grueso calibre empezó a caer sobre los techos y las calles de algunos de los barrios ubicados dentro de la zona Norte y Este, que controlaban los Constitucionalistas.  Màs tarde, un fuego màs demoledor arropó aquel pedazo de ciudad, descargando su mortal ofensiva, buscando con ello neutralizar a sus oponentes.  “ La mal llamada Fuerza Interamericana de Paz”, trataba de ablandar la defensa para luego quebrar la resistencia de los defensores de Ciudad Nueva y la de los barrios adyacentes.  Estos, ya cercados, solo tenían a sus espaldas el mar Caribe.

La población civil fue sorprendida esa mañana por el ataque cuando salía de sus viviendas, y quedó atrapada  al descubierto en sitios inseguros para protegerse.  Ya en la noche, el mensajero de la muerte había cumplido su misión.

Al otro día 16, las personas que se atrevieron a salir de sus hogares por un momento, antes de que empezara nuevamente el asedio, encontraron un escenario dantesco en las calles y en las casas semi destruidas: cadàveres por doquier.  Las balas y los proyectiles de los morteros que debieron haber caído en las viviendas de quienes protagonizaban la Guerra Fría, llevaron luto, dolor y destrucción a humildes barrios de un país latinoamericano en la zona del caribe, cuyos habitantes vivian en la escala màs baja del capitalismo y con el espectro del miedo que le habían inducido acerca del comunismo. Y eso, que las fuerzas invasoras  llegaron al país pregonando al mundo de que su presencia era necesaria para salvar vidas.

Pero volviendo al fragor de la ofensiva desatada durante ese día 15, donde ya confiados y creyendo que habían destruído la defensa de sus enemigos, los invasores tratan de penetrar por el cerco que ellos mismos habían creado, para así acabar con sus oponentes.  Y se llevan tremenda sorpresa, cuando se encuentran en cada punto que tratan de avanzar: con las balas disparadas por algunos oficiales de carrera y los guardias rasos que los siguieron.  Con las técnicas de combate terrestre del cuerpo élite de la Marina de Guerra, bautizados como los  “Hombres Rana”.  Con jóvenes sedientos de ser hombres y mujeres útiles, apretando el gatillo de sus armas casi obsoletas.   Con esos “tigueritos” de los arrabales de la periferia de la ciudad que vivían en la intemperie, llevando y trayendo mensajes, levantando barricadas y recogiendo a los heridos. Con los vecinos de tantos barrios, los cuales preferían  morir peleando junto a los comandos, que por balas atravesadas desde los techos de sus casas.  Allí todos se masifican y echan la pelea de su vida.

Tenían pocas armas, pero allí sobraba el coraje, lo cual los llevó a batallar con un enemigo muy superior en casi todos los sentidos, menos en uno: la razón. Y ella fue la que le dio la fuerza para resistir como lo hizieron, aguantando el fuego del enemigo durante dos días en tal bestial embestida.  Al final del asedio, los invasores solamente pudieron arrebatarles unas cuantas cuadras de aquel pedazo de ciudad, ya que no pudieron desalojarlos del lugar, mucho menos exterminarlos.

Cumpliendo órdenes el invasor perdió su humanidad y se convirtieron  en una horda de criminales. Lanzaron un ataque sobre un pueblo civil, desarmado, que  caminaba  por las calles y dentro de sus casas  ejerciendo su coditidanidad.  Y el valor de unos cuantos soldados, de algunos hombres y mujeres, junto a niños con talla de adultos, se sobrepuso  al miedo que generaba el invasor y su maquinaria de guerra, haciéndolos resistir como lo hizieron.  Y esa fue su hazaña, resistir y no rendirse, porque no tenían el armamento para responder y ganar.

Hay elementos circunstanciales en la vida, que se apegan a nuestra cotidianidad  y pensamos que solo sirven de adorno. Y eso sucedió con una parte de las letras escritas por Emilio Prud-homme al himno musical del maestro José Reyes, cuando toman el significado patriótico para las cuales fueron concebidas, en la acción que desarrollaron en la Zona Constitucionalista sus valerosos defensores.  Allí, en un ambiente con olor a pólvora y la metralla del enemigo esparcida entre los escombros de las casas.  Con el viento empujando cada murmullo de aquellos cuerpos fatigados, de miradas alertas y hambrientas de tantas cosas, se masticaban estas históricas palabras:

  …¡ Màs Quisqueya la indómita y brava, siempre altiva la frente alzarà, que si fuere vil veces esclava, otras tantas ser libre sabrà!

Entonces ese sector, enclavado en el perímetro de la vieja ciudadela, ya con las paredes de sus casas y calles casi destruidas, heridas pero no vencidas, se le convirtió de pronto en una afrenta a los intrusos.  Sus moradores, exponiendo su sentir, colocan un letrero por los alrededores del Parque Independencia. En él anunciaban a todo el que entraba en ese barrio, el lugar en donde  estaban:  “Ciudad Nueva, territorio libre de América.” 

 Y estos, los extraños, que vinieron de otras tierras a una ajena para imponer su voluntad, no los dejaron apoderarse de la zona, por lo cual se dieron cuenta de lo que tenían que hacer para  vencer a las fuerzas dirigidas por el coronel Caamaño.  Sopesaron el costo político de tal acción, la cual era con su poderío destruir por completo la zona, una verdadera masacre, por lo que  a partir de ahí presionaron un cese al conflicto por medio de las negociaciones.

 El 3 de septiembre de 1965, el lider de la Revolución de Abril, en un discurso pronunciado en la antigua fortaleza Ozama ante miles de manifestantes, bautizada aquellos días como Plaza de la Constitución, al renunciar a la Presidencia de la República para dar paso a un gobierno provisional producto de los acuerdos a que habían llegado, dijo en parte lo siguiente:

 “Nunca, talvez, en la vida de los dominicanos se había luchado con tanta tenacidad en contra de un enemigo tan superior en número y en armas.  Luchamos así, con bravura de leyenda, porque  íbamos desbrozando con la razón el camino de la historia”.

 Los eventos que sucedieron a partir de ese abril nacionalista y esperanzador, presentan dos características históricas impresionantes dignas de señalar.

 Primero, allí vemos como un grupo de militares formados en los cuarteles trujillistas e ideológicamente entrenados en centros militares norteamericanos, exponer un sentimiento nacionalista e integrarse a la ciudadanía en las calles a reclamar la restitución del presidente que les habían robado.  Por primera vez y única, miembros de las fuerzas armadas creadas por Trujillo, sienten que su deber es defender los derechos del pueblo, no los intereses de la clase gobernante de turno y sus tradicionales aliados extranjeros.

 Segundo, ese grupo de militares pudo plegarse a la voluntad de sus mentores ideológicos del momento y darles paso por su poderío, para que sin ninguna oposición impusieran sus condiciones.  Pero no lo hizieron y se les enfrentaron junto a un grupo de ciudadanos valerosos, que dejaron sus labores habituales para convertirse en guerreros de su patria.

Los soldados Constitucionalistas levantaron el estandarte de la soberanía, combatiendo a las fuerzas militares extranjeras.  De paso, conviertieron la lucha fratricida en que participaban en una guerra patria, dàndole razón a su existir como militares, en el momento preciso.

La Revolución de Abril estuvo llena de lecciones que ya son históricas, de estímulos para las generaciones venideras, donde el guerrero dio lo mejor de si, luchando no por prebendas ni cargos burocràticos; impregnado del mismo romanticismo que llevaron aquellos primeros jóvenes en la flor de su juventud, en la calle Espaillat en el sector de Ciudad Nueva, a combatir a los remanentes de una de las dictaduras màs sanguinarias que vivió pueblo alguno durante el siglo veinte en toda América Latina.

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