El Chinero de St. Nicholas. (33)

    “ Dadme a tus cansados, a tus pobres, a tus masas amontonadas anhelantes de respiración; al infeliz que rehusa sus playas abundantes, a los desamparados, envía a estos a conmoverme tempestuosamente.”    Emma Lazarus.

                                        EL   CHINERO  DE   ST.   NICHOLAS

                                                                       1982

El frío intenso había disminuido y el clima se mostraba fresco, al borde de lo agradable.  Los àrboles comenzaban a mostrar sus verdes hojas;  significaba que la primavera se había apoderado del ambiente.   

Estàbamos en el escenario de la “gran manzana”, la ciudad de Nueva York, en una de sus tardes frente a la salida del tren subterràneo, en la estación de la calle 191 y la Avenida St. Nicholas. 

Allí fue donde lo vi por primera vez.  Estaba detràs de una pequeña mesa pelando naranjas, auxiliado por una màquina.  Era sin lugar a dudas un *chinero, personaje típico de las esquinas de tantos barrios humildes de la ciudad de Santo Domingo, el cual estaba ejerciendo su oficio en la ciudad màs cosmopolita del mundo.

Sonreí un poco y seguí mi camino.  Pensaba en que hoy era un chinero, mañana talvez una vendedora ambulante entregàndole al vecindario esa expresión penetrante de: “veendo guandule veide”.   Y no era para extrañarse.  Estàbamos en el àrea de Wàshington Heigh, sector  donde miles de dominicanos estaban echando sus raíces.

La avenida St. Nicholas, con sus viejas edificaciones de ladrillos a ambos lado de la vía, cuya mayoría de cinco y seis pisos pasan del medio siglo de existencia, es un largo tramo comercial y de viviendas familiares que empieza en el sector de Harlem y termina en la calle 193 del alto Manhattan.

En el lugar y sus alrededores, el emigrante dominicano, junto a sus descendientes, se ha hecho sentir en lo social y lo económico, por lo cual también no es extraño ver un sinnúmero de establecimientos comerciales con nombres y emblemas propio de esa república caribeña.

Al otro día  y en el mismo sitio a la salida de la estación, lo encontré de nuevo.  Era una figura joven que rondaba los treinta años de edad; delgado y bajo de estatura, cuyo abundante pelo lacio era resguardado por una gorra de color azul, con el emblema deportivo  del equipo pelota de los yankees.

Había tomado como local para el establecimiento de su negocio, la parte central que se utiliza como entrada y salida, en forma de tunel, que tiene esa parada de trenes.  Ahí se le veía compartir el ambiente con varias cajas de naranjas, así como de un zafacón para los desperdicios.  Tenía la mesa enfrente de él y en ella instalada una pequeña màquina que, auxiliada por un filoso cuchillo, constituían las indumentarias necesarias para ejercer lo que ya parecía ser su habitual ocupación.  Era sin lugar a dudas un chinero en la avenida St. Nicholas.

Esta vez me acerqué y le compré una hermosa y jugosa naranja que había sido enfriada por el ambiente, por la cual me cobró veinte y cinco centavos.  Allí mismo y lentamente me dispuse a saborear esa deliciosa fruta. 

A partir de esa tarde y de muchas màs, a la salida de la estación de trenes, abordaba a esta persona, no tan solo para comprarle naranjas, sino también para conversar.

Estaba ante el hecho muy notorio de ver una actividad que considerada económicamente como un sub-empleo, se estuviera desarrollando en uno los centros capitalistas màs importantes del mundo, y que el sujeto principal de ese suceso lo fuera un dominicano, que imitaba a un gran número de chiriperos que vivían en su país de origen ganàndose el sustento para subsistir de esa manera.

Quizàs no era el primero,como tampoco el último que lo hiciera, pero eso reflejaba sin duda alguna la sombra  del resquebrajamiento económico que imperaba en esa época, en el lugar que miles de dominicanos sueñan con algún día conquistar.

Así transcurrieron varias semanas hasta que una tarde faltó a su cita habitual.  El espacio de su establecimiento, conformado por un pedazo de acera con una señal de trànsito deteriorada, estaba desierto.  Pasaron los días calurosos del verano, pero nunca màs lo volví a ver.

 El fue una voz, cuyas palabras en ocasiones me mantuvieron en un estado indefinido entre el llanto y la risa.  Fueron impresiones que llegaron inevitablemente a las raíces mismas, donde el sentir tiene la parte màs vulnerable de una persona.

De nuestras conversaciones, de ese diàlogo que empezó una tarde  fresca de primavera entre un vendedor de naranjas y su cliente, y que luego, al pasar de los días, se fue transformando en una cotidiana tertulia, germinó una espontànea amistad, quedando en sus palabras estampada la huella de un emigrante dominicano.

 DESTINOS  EMIGRATORIOS.

Cuando agonizaba la primavera del año de 1961, la turbulencia que habría de generar el impacto de un cambio no habría de tardar, para que ella arropara a los  habitantes de la parte oriental de una isla antillana.  

Una solitaria autopista, a pocos metros de las aguas del mar Caribe, sería el escenario en horas de la noche de la culminación de un drama y del inicio de otro, el cual señalaría el camino hacia otras playas, de una colectividad hambrienta de oportunidades económicas.

En aquellos momentos la República Dominicana era un país que no tenía antecedentes emigratorios de gran magnitud.  Hacía tiempo que la dictadura imperante en el mismo mantenía un estricto control del movimiento interno y externo de cada uno de sus ciudadanos.

Cuando el tirano Trujillo es ajusticiado el 30 de mayo y luego cae el régimen impuesto, el desarrollo alcanzado por Puerto Rico, principalmente en el sector de la manufactura en la década de los años cincuenta, hizo que para esa dirección apuntara masivamente el primer intento migratorio en gran escala del cual se tuviera conocimiento durante el siglo veinte.  Por el costado del este se iniciaba el gran escape.

La ciudad de Nueva York, aunque màs lejos y de condiciones màs difíciles por el clima y el idioma, fue el segundo objetivo por donde avanzó la columna de emigrantes que, ya libre de ataduras burocràticas extremas, afluía ràpidamente a los centros de trabajo de ese industrializado estado norteamericano.  Por la parte norte siguió el empuje.         

A comienzo de la década de los años setenta, atraídos por la bonanza petrolera deVenezuela y el bienestar económico que se derivó de ese hecho, el flujo de dominicanos y dominicanas hacía ese país no se hizo esperar.  En el litoral sur también se sintió la embestida.

En los decenios siguientes que precedieron a la noche del  tiranicidio, el dominicano que sentía cómo padecía la parte màs negativa de un sistema, siguíó tomando los rumbos Este, Norte y Sur.  Más luego, en el viejo continente, los europeos empezaron a notar la llegada del que luego en su patria empezaron a llamar “el dominicano ausente”.  Todos iban buscando, esperanzados por medio del trabajo, un futuro màs promisorio, cosa que le negaba la tierra que los había visto nacer.

LA   PARTIDA.

En los albores del nuevo año de 1970 es que comienzan a desarrollarse las incidencias que motivaron el viaje de un buhonero establecido en una de las principales arterias comerciales de la capital dominicana.

Eliseo Santos era el nombre y el apellido de quien me dijo había nacido en Yaguate, distrito municipal de la provincia de San Cristobal, lugar de donde salió en su adolescencia para nunca màs volver.  Para la época, ya tenía varios años vendiendo tejidos en la avenida Duarte, cerca de la calle París.

En el sector señalado en su parte diurna, un bullicio casi ensordecedor llenaba todo el lugar.  Las tiendas establecidas, lujosas y modernas algunas, decadentes y pocas vistosas otras, se veían adornadas en su parte exterior por un sinnúmero de casuchas hechas de cartón y madera, cuyos rasgos rústicos y de pobre estilo reflejaban las condiciones económicas de sus propietarios.

Las habían engendrado con fibras de esperanza, para tejer con màs dignidad que con deseos de una vida mejor, el estado de miserias que respiraban desde la cuna.  Pero las mismas mostraban la riqueza de un espíritu batallador que, bajo condiciones sociales tan pésimas, persistían en generar el sustento de una clase social acorralada.

Esos tarantines permanecían en las aceras y parte de las calzadas del sector a la intemperie, en donde el sol y la lluvia, junto al sereno de la noche, acompañaban por tiempo indefinido los soportes de tan humildes vendedores.

Por los alrededores del lugar, cuando llegaba la noche, cesaba el bullicio.  La obscuridad, absorvida en parte por las luces de mercurio de los postes del alumbrado eléctrico y las de neón de los letreros comerciales, mostraba en la penumbra a una gran cantidad de mujeres buscando ejercer el oficio de la profesión màs antigua del mundo.   

Un día cualquiera y en ese mismo ambiente, se encontró nuestro personaje con un viejo amigo, quien en un tiempo anterior también había sido buhonero.  Este le dijo de lo bien  que estaba desde que se había ido para Nueva York, y hasta de una casa que recién había adquirido en una urbanización.  Lo instó a que se fuera para allà, que una vez allí él lo encaminaría.  El antiguo conocido le dejó su dirección, y luego se despidieron. 

“Nueva York, cuantas personas se iban y luego volvían con muchos cuartos (dinero)”.  Así se expresaba el chinero casi suspirando, en ese entonces.  “Andaban con guillos y cadenas; en fin, que hasta por los poros sudaban bienestar, y solamente con fajarse bien duro por un tiempo conseguían todo eso.”

El pensaba en el ejemplo de su amigo, que hasta una casa ya tenía.  Su situación, por el contrario, era que apenas ganaba lo suficiente para subsistir. Ademàs, traduciendo el sentir de cada una de sus palabras, se sentía como un ser aprisionado por el medio en que vivía,  ya que su forma de vida lo empujaba a ser un cliente muy especial para cierto prestamista.

Su pasado había sido como un pantano húmedo y fangoso, en donde el olor a miseria era el pan nuestro de cada día.  Su presente, un camino tortuoso en forma de círculo, donde el progreso consistía en no salirse del mismo, para no perecer arrastrado por las pautas de la sociedad, que ve como un paràsito al que no trabaja y vive de su propio esfuerzo.  Su futuro, dada las condiciones actuales, era parecido al de una calle llamada “esperanza”,  donde un letrero a la entrada de la misma decía: “No hay paso”.

Desde el momento de ese encuentro, estuvo llevando en sus pensamientos los pro y los contra de un viaje de esa naturaleza. 

En la noche de ese día, cuando llegó al patio de humildes viviendas en donde residía, se encontró con  una desesperante escena.  Su vecina y a quien estimaba grandemente, había sido desalojada por falta de pago de la pieza  que habitaba.  

Doña María, como él la llamaba, se encontraba rescostada a una pared.  En su entorno estaban sus trastos y tres pequeñines que, ignorantes de la tragedia que los embargaba, se entretenían jugando por los alrededores.

Hacía cerca de un año que había dejado la batea y la plancha, trabajo de lo cual se sostenía, porque sus manos sufrieron un severo ataque de artritis que la dejaron inutilizada para esas labores.  Su marido, un albañil, dos años atràs había perecido en un accidente, mientras trabajaba en  una  construcción que estaba haciendo de manera clandestina.  Ultimamente se estaban sosteniendo de las caridades de los vecinos y de lo poco que conseguía el hijo mayor, que a la edad de ocho años ya recorría la calles de la ciudad limpiando zapatos.

Sin pensarlo dos veces, Eliseo instaló a esa señora juntos a sus hijos en su vivienda y enseguida salió hacia la calle, en donde compró dos pesos de frituras y regresó para repartirla entre esa necesitada familia.

La señora, según me contó, al ver eso exclamó:

-Pero hombre de  Dios y que serà de Ud. con nosotros en este pequeño cuarto.  A lo que él le respondió:

-Mire doñita, por mí no se apure, que yo ya sé lo que voy hacer.

Motivado definitivamente por lo que estaba viviendo en el momento, sintió que ya era hora de que intentara romper con ese imaginario, pero latentente, cordón umbilical que lo mantenía unido a un estado desesperante de tantas indigencias.

El viaje era ya todo un hecho en sus pensamientos.  Al tomar esa decisión, iniciaba  el camino que miles de sus hermanos de origen habían emprendido y cuyo punto final se coseguía con la salida del lugar patrio. 

Hizo las diligencias necesarias y a los pocos días obtuvo un flamante pasaporte de color rojo, con el escudo de la enseña tricolor en el mismo centro de la portada.  En ese significativo documento y en el viaje al consulado de los Estados Unidos de Norteamérica, cifran sus esperanzas de una vida mejor, al igual que como se juega un billete de la lotería, la mayoría de los cientos de personas que diariamente acuden a las puertas del mismo.

Y así, una madrugada, con la sensación de que iniciaba algo transcendental en su vida y tras unas cuantas horas de espera se presentó ante la ventanilla de uno de los consules.   Rápidamente,  luego de algunas preguntas que le hizieron, recibió la negativa para obtener lo que tanto anhelaba: una visa.  

“Lo sentimos, pero no llena los requisitos”.  Palabras finales que escuchó y creo jamàs olvidó, por la forma tan directa en que le transmitían el primer contra tiempo que surgió en su ya anhelado viaje.

Muy  contrariado se alejó del lugar, pues jamàs pensó que el asunto iba a resultar tan complicado.  “Cuando salí de allí  -me dijo-,  los ojos se me aguaron y el ànimo lo tenía por el mismo suelo.”

Le habían pedido que presentara una carta bancaria y su libreta de ahorros.  Pero de donde la iba sacar  -me decía-,  pues si dinero hubiera tenido, para que santísimo iba a querer viajar.  Debí haberle dicho a ese señor, era que donde Cheo el prestamista no daban ese tipo de papeles.

Pero eso no es nada  –me seguía contando-, buena fue cuando el cónsul me dijo que le enseñara la carta de donde yo trabajaba.  Imagínese usted, una persona como yo que se ganaba la vida vendiendo telas en la calle, que requetesantísimo de carta de trabajo iba a presentar.

Ademàs, le pidieron la matrícula de su automóvil.  Hasta risa esto le provocó, ya que ni siquiera sabía manejar.  Estuve tratando de explicarle a Eliseo, que esos requisitos se lo exigían a todo aquel que iba a solicitar una visa de turista, o sea, para quien solamente deseaba viajar por placer y no a quedarse a trabajar como eran sus deseos.

Medio incrédulo me contestó:

-Mire, pana, todo el que estaba en esa fila conmigo ese día, la necesidad que tenía no era de pasear.  No me fijé muy bien como le fue a cada una de las personas que estaban màs adelante que yo, pues solamente estaba atento a cuando se movía la fila; y al moverse, cómo se me aceleraban los latidos del corazón, pues la ansiedad que tenía  de salir de allí con esa visa, me mantenía en un estado medio asustadizo, que no me dejaban pensar en otro cosa.

Continúa su relato:

 Pero de las tantas personas que estábamos allí reunidas, solo pude reconocer a una y fue después de mucho mirarlo.

Estaba irreconocible con unos endemoniados lentes oscuros, ademàs de que llevaba puestos un saco negro y una chalina de color verde.  Este era chepe, el friero que se paraba en la esquina de las calles Caracas con Duarte, en la acera del Parque Enriquillo.

Él iba màs adelante que yo en la fila, y cada vez que miraba para atràs, se levantaba sus gafas con una mano y hacía una picada de ojo, como queriéndoseme dar a conocer, pues seguro que se imaginaba que nadie lo reconocería por la ropa que llevaba puesta.  

Cuando él terminó con el cónsul, de inmediato se quitó el dizfraz que llevaba puesto  e iba de lo màs sonriente, por lo cual creo que le dieron la visa.  Y ése, la única matrícula de carro que yo creo que hubiera podido tener en toda su vida, era el papel que le daban en las colecturías de Rentas Internas en la época de Trujillo, cuando sacaba la placa obligatoria del carrito de vender frio-frio.

Terminó diciendo en un tono muy serio, como casi enojado.  Me dieron ganas de reirme allí mismo, pero no lo hice.  El naciente sentimiento de respeto que esa persona ya inspiraba, me hizo aflojar los músculos que moldeaban esa expresión de alegría y me condujo a seguir escuchàndole con la naturalidad y el interés ya usual.

Pero esa forma sencilla y abierta con que el chinero expresaba  cada una de sus palabras, mostraba al desnudo una ignorancia cruda de las cosas que lo rodeaban, y una ingenuidad pocas veces vista, en un hombre criado en el fragor de la lucha por la supervivencia en las calles, donde solamente sobreviven aquellos que llaman “los màs tígueres”.

Después que salió del consulado, al llegar la noche, se dirigió a la casa del amigo y le explicó lo ocurrido durante esa mañana.

Este le dijo:

-Acuérdate que yo te conozco desde hace mucho tiempo y sé que tú no me vas a crear problemas.  Trata de conseguirte mil pesos y con eso te resuelvo lo del viaje, y que conste, que en esto no me gano un solo centavo, pues este tipo de negocio cuesta màs dinero y la ganancia mía en el mismo te la he rebajado y todo queda en ese precio. 

Se despidieron  y quedaron de reunirse el próximo fin de semana.

Pero había un inconveniente.  Conseguir esa cantidad de dinero le  iba a resultar difícil, por no decir imposible.  Aún vendiendo toda  su mercancía  a un precio muy bajo,  esa cifra fàcilmente no la iba a lograr. 

Solamente le quedaba  un camino y era el que conducía a la casa de Cheo el prestamista.  Estaba dispuesto a emprender el viaje y haría cualquier cosa con tal de realizarlo.  Sacarle a ese padrino del dinero la cantidad que pensaba iba a necesitar para el viaje, lo veía como un intento que iba a fracasar , a pesar de que era un cliente muy asiduo; allí siempre recibía “favores al módico veinte” semanal.  

Se lanzó a esta pre-aventura, y la suerte estuvo de su lado.  Por eso digo que no todo en la vida fue cuesta abajo para Eliseo Santos, pues una de esas subidas lo constituyó la proeza, sin duda alguna, de haberle podido tomar prestado  mil quinientos pesos a ese benefactor del indigente que, con sus ayudas en dinero a los necesitados y desesperados por conseguirlo, aliviaba las penas presentes multiplicando las futuras.

El asunto fue planteado.  El banquero de la usura pedía garantías.  Entonces, Eliseo le llevó 6 cajas que contenían tejidos.  Le dijo fueron sacadas de un barco que estaba anclado en el muelle y que pertenecía a un lote màs grande que pronto sacarían de contrabando.  Esa mercancía tenía un costo de alrededor de diez mil pesos; y el dinero pedido era para un soborno al oficial de aduanas que había dejado pasar la mercancía.

Se revisaron dos o tres por arriba y el trato quedó cerrado.  Ese valioso cargamento quedó en manos del usurero, quien se frotaba las mismas de satisfacción  por el fabuloso negocio que había concertado y que jugosas ganancias esperaba obtener.

Ingeniosamente, el predilecto cliente de Cheo había llenado las cajas de trapos viejos y hojas de periódicos, que luego cubrió magistralmente con la mercancía de su pequeño negocio.

En principio no me di cuenta del porqué, aunque luego màs tarde capté la razón; era de que en esta parte de su relato, el chinero no se jactaba de haber hecho algo grandioso, màs bien creo que  estaba apenado por tal acción.  En sus palabras, al referirme el hecho, las tonalidades de la emoción distaban mucho de ser alegres, y la seriedad de las mismas bordeaban algo parecido a la vergüenza.

Pero a pesar de todo, con esto sellaba su viaje hacia el Norte.  Y así fue como el  “último favor” del prestamista y luego la actividad a la cual se dedicaba el amigo, se juntaron para tachar de la lista de espera a este humilde vendedor de la Avenida Duarte y convertirlo màs tarde en otro emigrante dominicano.

Con màs alegrías que miedo a lo desconocido,  el corazón rebozante de anhelos y solamente con la preparación que le había dado la vida en las calles, se fue  una noche en un barco.  El río Ozama, con sus tranquilas y fangosas aguas, dejó deslizar silenciosamente esta embarcación, cuyo destino, una vez en el mar Caribe, puso su proa en busca del Norte.

Durante la travesía, se decía a sí mismo que iba a llenar su vida con las cosas que siempre había deseado tener y que nunca pudo conseguir, aquellas que le negaba el lugar que lo había visto nacer y crecer.

EN  LA  TIERRA  PROMETIDA

Nueva York, con una impresionante estatua a su entrada, cuya imagen de mujer con una antorcha dirigida hacia los cielos parece recitar a cada momento las palabras de ***Emma Lazarus, y que en parte dicen como un clamor al resto del mundo:

“ Dadme a tus cansados, a tus pobres, a tus masas amontonadas anhelantes de respiración; al infeliz que rehusa sus playas abundantes, a los desamparados, envía a estos a conmoverme tempestuosamente.”

Protegido solamente por la magnitud de esas palabras, cuya dulzura poética muestran  una total aceptación de la condición humana, es recibido un domingo al atardecer un barco, con un puñado de dominicanos en sus bodegas deseando pisar territorio norteamericano.

Allí iban hombres y mujeres llenos de esperanzas de tener una vida mejor,  con la  firme decisión de poner su destino inmediato en manos de una tierra desconocida que, por el decir de muchos latinoamericanos, era lo que la expresión bíblica llamaba: “la tierra prometida.”

En Santo Domingo, aunque llegó a vivir en concubinato con algunas mujeres, nunca tuvo descendencia.  En New York, al poco tiempo de haber llegado, conoció a Teresa Rivera, natural dePuerto Rico, con la cual se casó.  En la actualidad, la pareja tiene dos hijas. 

Desde que él salió de su tierra no había vuelto.  Solo tenía algunos parientes lejanos y, por el momento, según me contara, no tenía planes de regresar.

El dominicano, cuando empezó su peregrinaje buscando un sólido bienestar económico, planificó dicho acontecimiento en una jugada de dos movimientos: la salida y el regreso.  Salir para trabajar, ahorrar lo  suficiente y al regreso comprar una casa y poner un negocio. Jamàs, en su casi totalidad, pensó en una salida sin retorno. 

Pero la realidad ha sido diferente.  Muchos regresaron con el sudor de su esfuerzo logrado durante muchos años de sacrificios e hizieron inversiones donde perdieron todo su dinero. 

Fue la época en que aparecieron un sinnúmero de financieras que ofrecían altos intereses, las cuales luego quebraron.  También, la venta de los proyectos de viviendas fantasmas.  Cuando iban a reclamarlas, sólo encontraron terrenos baldíos que no les pertenecían, en los lugares donde le dijeron estaba la casa de sus sueños.  Su nueva realidad fue buscar la manera de regresar en pos de lo que en el primer intento no se realizó: los recursos para vivir en su tierra dignamente.

Fueron hombres y mujeres que llegaron hace varias décadas, y aún siguen persiguiendo lo mismo.   En ese lapso de tiempo han enraizado sus costumbres y tradiciones.  Sus descendientes se han multiplicado, creando esto una generación de norteamericanos con padres dominicanos y de otras nacionalidades.  Hijos, algunos de los cuales solamente conocen de nombre la patria de sus progenitores.  Hablan el idioma de los mismos,  porque lo oyeron desde pequeños en sus hogares, pero que se expresan correctamente  y con mejor sentir en inglés, ya que lo aprendieron a leer y escribir en las escuelas del país en que nacieron.

Cada vez son màs los dominicanos que viajan por placer una o dos veces al año a su tierra de origen, que los que llegan definitivamente de retirada.  Ya muchos de ellos optan por la ciudadanía del país que los han  acogido, no tan solo para pedir a otros familiares, sino también para participar de los beneficios que solamente obtienen los que entran en la mencionada categoría.  Un ejemplo, empleos bien remunerados.

En una de nuestras conversaciones, le pregunté que había sido de su amigo.  Me dijo: 

– Ah sí, mi amigo, el que me trajo a esta ciudad. Tengo alrededor de cinco años que no sé de él.  La  última vez que pregunté dónde encontrarlo, sus socios me dieron un consejo; y como él sabe donde yo vivo, nunca he vuelto por ese sitio.

-Pero me ayudó tanto –siguió diciendo-,  que no tengo con qué pagarle sus favores.  El  me consiguió el primer empleo y los papeles que necesitaba para que me aceptaran en el mismo.  Inclusive, cuando andaba yo medio enamorado de Teresa, mi esposa, él fue quien me aconsejó que me casara, pues me dijo que con ese matrimonio iba a conseguir que la migra jamàs me molestara, y así fue.  Hasta es el padrino de la primera hija que tuve.  Pero en su desaparición hubo algo tan raro; que todavía no acierto a pensar qué le pudo haber ocurrido.”   

-Harà cosa de un año que un mocano que atiende la bodega de ahí en frente y que también lo conocía, me dijo que Castillito se había ido de retirada para Sto. Dgo., donde vivía como un millonario.  No le creí, pues estoy seguro que si se hubiera marchado, por lo menos se hubiera despedido de mí y la familia.

Arismendi Castillo, el amigo de muchos años y actual compadre de Eliseo Santos, desapareció súbitamente del alto Manhattan sin dejar  rastros de su paradero.  Sus socios en el negocio de transportar personas en barco hacia la ciudad de New York alejaron con palabras “persuasivas y convincentes” al chinero, cuando éste fue la última vez a preguntar por él, al sótano de un edificio de cinco pisos, en donde mantenían una pequeña oficina que era utilizada para tratar los asuntos relacionados con los viajes clandestinos.

La primavera que  había llegado fresca y lluviosa, con el  paso de las semanas fue perdiendo sus energías, debido a los síntomas del caliente verano que ya estaban presente.  El chinero de St. Nicholas seguía con su monólogo.  A veces yo interrumpía con alguna observación y se formaba el diàlogo.  El final se acercaba como parte de un impactante destino; él lo ignoraba y yo no lo presentía.  Y de tarde en tarde continuaron nuestras pláticas.

Durante varios años, la situación de su familia estuvo en auge.  Los ingresos monetarios, tanto los de él como los de su esposa, les permitieron inclusive hasta tener una cuenta de ahorros en un banco.

Su futuro se perfilaba tal y como lo había soñado. Los síntomas de la abundancia se explicaban, entre otras cosas, por una gira de cuatro días a las Cataratas del Niàgara y en un televisor de gran tamaño y a color, deleite principal de él y la señora Santos.  Pero el acto que màs orgullo le causó en su vida de “nuevo rico”, fue la tarde en que se estrenó un traje de tres piezas, el cual había sido confeccionado a la medida por un sastre del barrio.   

Según me dijo, por primera vez en su vida se ponía un “saco con chalina” y hacía una fiestecita de cumpleaños, celebrando el primero de su segunda hija.

Y así, con esplendida sensillez, disfrutaron el Sr. Santos y su familia la época de las vacas gordas.  Luego del ascenso, vino el descenso, cuando las vacas flacas aparecieron en el ambiente llevándose con ellas su efímero bienestar económico.   

Ya  tenía cinco años trabajando en una fàbrica de ropa femenina,  cuando las cosas empezaron  a ir mal.  Primero, dejaron cesantes a los màs nuevos.  Luego, acortaron el tiempo de trabajo.  Y como el sueldo era en base a las horas trabajadas, su salario se redujo.  Màs tarde, empezaron a trabajar dos y tres días a la semana.  En esto tenían casi seis meses, cuando definitivamente cerraron la empresa.

Empezó a colectar, o sea, a recibir dinero por estar desempleado.  A  la vez, empezó a buscar empleo nuevamente, ya que ese dinero, el de la colecta, era insuficiente para sostener a la familia. 

-En verdad  -me decía- , las cosas están bien malas. No encontraba ningún tipo de trabajo donde colocarse nuevamente.

-Ahora mi esposa trabaja de nuevo.  Ella lo había dejado de hacer cuando me nombraron asistente  del encargado en la fàbrica que cerraron.  En esa ocasión, me subieron el sueldo lo suficiente, como para que se quedara en la casa cuidando a las niñas.  Ahora ambos salimos bien temprano y nuestras hijas son atendidas por una señora que vive en el apartamento de al lado.-

La otra media mitad, que compartía con él sus penas y alegrías, había llegado muy joven a la gran urbe y con los mismos sueños de su cónyugue.  Hoy la realidad, después de haber alcanzado casi una estabilidad plena, es ver y sentir como siguen pendientes tan viejos anhelos.  Pero para los forjadores de esperanzas como ellos, solo había un camino y esa ruta era utilizada cada día, cuando salían bien temprano de su modesto apartamento.  En la lucha por la vida, el trabajo lo es  todo.

Cuando se acabó el dinero de la colecta, empezaron a recibir cupones de alimentos, y cuando sus ahorros se agotaron, decidió dedicarse a la actividad que consumió una parte de su juventud, que había sido la de vender naranjas peladas.

Me dijo que pensaba seguir haciéndolo hasta que lograra conseguir un nuevo empleo.  Por eso, al dejar de verlo, pensé que había materilizado su propósito y que Eliseo Santos, el chinero de St. Nicholas, había colgado el hàbito.

EL  FINAL  DEL  CAMINO.

Una tarde, a la salida de la estación de trenes, compré un periódico.  Caía una torrencial lluvia, acompañada de fuertes vientos.   Los àrboles comenzaban a motrar su desnudez, pues el clima típico del otoño hacía sus preparativos para recibir al frío invierno.

Me tapé con él hasta llegar al edificio donde estaba mi apartamento, cruzando la calle.  Ya en el mismo, abrí cada una de sus pàginas encima de una mesa en la cocina, para dejarlas allí secando, cuando súbitamente vi una fotografía de alguien a quien yo conocía muy bien.

Al lado de la misma, la información periodística decía:  “Todavía no se ha identificado al asesino o los asesinos del dominicano Eliseo Santos, el cual fue atracado violentamente a la entrada de su apartamento.  La policía dice…

Aquello sucedió de una manera tan repentina que, hoy, màs de tres decenios después que ocurrieron esos hechos, me parecen imàgenes de un sueño que tuve o de una película, de aquellas que  nunca se olvidan.

A diario, entramos en contacto con un sinnúmero de seres que solo miramos  y pronto olvidamos.  Pero a esta persona la vida misma me la puso en el camino como un reflejo, donde me veo a mi mismo con los mismos sueños pendientes queriéndolos hacer realidad.

La felicidad es algo tan subjetivo que llega a las personas de diferentes maneras, dependiendo de lo que cada cual considere sea una realización en un momento determinado de su vida.

Es una realidad que él  no pudo cristalizar cada uno de sus sueños.  Es  un hecho que dejó a termino medio los deseos  que lleva todo emigrante en su ser interno.  Pero lo que experimentó el chinero de St. Nicholas durante la travesía de su largo viaje, en el ambiente húmedo y oscuro de la bodega de esa embarcación  que lo llevó al lugar que tanto deseaba, creo que solamente lo sienten aquellos mortales cuando experimentan la sensación sublime de que algo deseado en sus pensamientos y sentido con fuerza en cada latido de su existir, se està realizando de una manera determinante e irreversible.    Y esto, me lo transmitió él en plena calle, durante el desenvolvimiento de la actividad que lo ayudaba a sostenerse económicamente.

Sus palabras eran por momentos amargas y tristes.  Otras veces, como un canto dàndole gracias a la vida; impregnadas de alegrías, y así eran las que me narraban lo que sintió durante el trayecto que lo llevaba al exilio voluntario, donde paradógicamente iba obligado por las circunstancias.  

Fue una locura esa aventura, al montarse en el barco que lo llevó lejos del lugar de su nacimiento, debido a que han sido tantos los que han perecido en ese tipo de travesías.  Su acción, buscando la moraleja, nos muestra que en toda locura hay un poco de razón.    

Demostró perseverancia y no se rindió nunca ante los obstàculos que aparecieron en su camino, cuando tomó la decisión de realizar el viaje.  Por eso, cuando las puertas se le cerraban con la negación de la visa, aceptó la proposición del amigo.  Pero como no todo para él en la vida había sido fàcil, lo del amigo resultaba condicionado a la adquisición de cierta cantidad de dinero; y este, escaso durante toda su existencia, brillaba en esos momentos por su ausencia.

Pero sus deseos y anhelos, su futuro de una vida mejor, ya no estaban en la avenida Duarte.  No se concebían pudieran realizarse a través de ese trasto de madera vieja y cartón sucio que permanecía recostado en una pared de concreto a escasos metros de una lujosa tienda de calzados.  Por eso hizo algo que jamàs se hubiera atrevido hacer:  engañar al prójimo para lograr su propósito.   Le causó resquemor a su conciencia hacerle trampas a un “chupa sangre”.

Él persiguió una estabilidad económica que la vida y sus avatares siempre se lo impedían, manteniendo en todo momento la esperanza de que lo iba a lograr, porque había escogido el camino con el cual otros lo habían conseguido.

También por eso no dudó nunca en representar nuevamente el papel de chinero para ganarse el sustento diario, en el corazón mismo del segundo terruño del dominicano, cuando el peso una  recesión económica se hizo sentir en su presupuesto familiar.

Cada tarde, al terminar su venta, le veía arrastrar cuesta abajo un pequeño carrito, donde iban montadas las herramientas que lo ayudaban a producir el aliento suficiente para poder subsistir, junto a su familia.  Y en su rostro, también lo veía llevar un sudor, ese que producen las células de un cuerpo acostumbrado a las inclemencias del tiempo; aquellas que  mojan como agua bendita el sustento ganado cada día.

Pero al parecer su negocio era muy fructífero, porque llamaron la atención de miserias humanas.  Y no solamente actuaron  para arrancarle  las monedas, sino también  para quitarle lo que narra la biblia de manera poética, recibió Adan de Dios a manera de un soplo divino: la vida.

*En la República Dominicana, a las naranjas se le llama también china; y al que las vende peladas le llaman chinero.  

***Emma Lazarus (1849-1887), poetisa norteamericana nacida en New York, de origen judío sefaradi de descendencia portuguesa, tuvo el honor póstumo de que su poema “El Nuevo Coloso”, fuera escogido para ser adherido a la base de la Estatua de la Libertad en 1901.   A continuación la versión en su idioma original:

                                         The New Colossus.

                           Not like the brazen giant of Greek fame,

                    With conquering limbs astride fron land to land;

                   Here at our sea-washed, sunset gates shall stand

                      A mighty woman with a torch, whose flame

                           Is the imprisoned liqhtning, and her name

                             Mother of exiles.  Fron her beacon-han

                Glows world-wide welcome; her mild eyes command

                      The air-bridged harbor that twin cities frame.

                  “¡Keep, ancient lands, your sotoried pomp! ” cries she

                 With silent lips. “ ¡Give me your tired, your poor,

                Your huddled masses yearning to breathe free,

           The wretched refuse of your t Send these, the homeless,

        tempest-tost to me.  I lift muy lamp beside the golden door! ”

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