El Precio del Olvido. (35)

                                     EPILOGO

                  -EL  PRECIO DEL  OLVIDO-

 

 La noche del tiranicidio fue la culminación de un drama donde actores internos y los externos que incidian en el panorama regional, lograron sus propósitos.  Luego, intereses alejados a las necesidades nacionales, de grupos criollos ligados al capital y políticas extranjeras, convirtieron subsecuentemente en una comedia, que dio continuación a la gran tragedia que siguió viviendo el pueblo dominicano durante el siglo veinte.

Los cambios que se fueron operando en el ambiente, luego de la muerte del dictador, tuvieron los efectos de una revolución en pequeña escala. Éstos, entre otras cosas fueron modificando conductas o comportamientos entre los integrantes de la población urbana.   

Los trujillistas todavía en el poder y su banda de paleros, buscando tardíamente apaciguar los ímpetus de rebeldía, junto sus contrarios, los cuales recorrian las calles buscando a los calieces e informantes y destruyendo a su paso todo vestigio que recordaran a los antiguos amos del país, con sus pugnas y luchas, hizieron pensar de una manera ingenua a muchos ciudadanos, que ellos eran los verdaderos protagonistas de lo que había sucedido y estaba pasando. 

Las escaramuzas callejeras le dieron un colorido un tanto extraño al concepto de un segmento social luchando por sus derechos, porque eran contra los residuos dictatoriales, los cuales ya habían sido vencidos la noche del 30 de mayo de 1961 y todavía no se daban cuenta. 

Luego de eliminado el partido único, los nuevos que surgieron se conviertieron en maquetas de esperanza, refugios a donde fueron a parar las creencias ciudadanas de que desde allí saldrían las soluciones a los problemas del país.  La historia desde ese entonces se ha estado escribiendo de manera distinta.     

El proceso que siguió a la caída de la dictadura deTrujillo lo que trajo, entre otras, en el orden político, fue una era de caudillismo y una carencia  absoluta de hombres de estado, donde cada agrupación se convirtió en el feudo de esos nuevos líderes.  Asi mismo, la falta de tradición democràtica interna de las mismas fue el reflejo de lo que siguió pasando en el país.

 Nuevas expresiones se incorporaron al lenguaje del pueblo llano, señalando con ellas las diferentes escalas sociales.  “Hijos de machepa” eran los pobres; el burgués, la reducida clase media; y a los ricos empezaron por llamarles “tutumpotes”.

Se desempolvaron otras fuera de uso: democracia y libertad.  La palabra democracia fue llevada de la mano por unas elecciones; la libertad fue asociada, primeramente, a la forma del pueblo expresar sus inconformidades políticas sin el miedo a recibir represalias por ello, y luego a la voluntad de escoger a quien quisiera en las mismas.   Luego, “una fue violada por un golpe de estado y la otra atropellada por una invasión extranjera”. 

Fueron hechos impactantes, situaciones convulsas que desbrozaron el camino con dísimiles vertientes, por donde jóvenes de mi generación empezaron a desfilar hacia el umbral de otro infierno. Esto, debido al irrespeto a la constitución y a las leyes, lo cual desembocó en un desconocimiento a los derechos humanos, trayendo como consecuencia el que se tuviera que luchar de nuevo por lo que le dijeron a los ciudadanos del país que habían obtenido, cuando desapareció el dictador y su dictadura.  

 A partir de ahí, intereses foràneos divideron a la sociedad, profundizando sus diferencias políticas, radicalizando sus posiciones.  Los adversarios ya no eran los trujillistas y sus contrarios, pues los mismos se convertieron en la extrema derecha y la extrema izquierda.

Odios irreconciliables provocaron el que se perdieran valiosos entes humanos, desperdiciàndose, de paso, tiempo y recursos que hubieran servido para transformar las instituciones heredadas al caer la dictadura, borràndole el sello personal de quien las creó para su usufructo y que otros siguieron utilizando para lo mismo.    

 En la medida que las luchas políticas se fueron agudizando, sus protagonistas no se daban cuenta de los efectos de las mismas en el seno de la sociedad.  Por olvido e insensibilidad de quienes empezaron a manejar el sistema, siguió aumentando una masa poblacional en la pobreza y la ignorancia, en lugares no aptos para la convivencia humana.

Hoyos y cañadas se hizieron famosos por la forma increíblemente infrahumanas en que vivían sus habitantes.  Los cordones de miserias no solamente se fueron multiplicando en las periferias de las ciudades, sino que sus ramificaciones se incrustaron en medio de la metrópoli, convirtiéndose aquello en oasis paupérrimos en medio del esplendor y la opulencia de tantas torres residenciales que se iban construyendo.     

La situación fue golpeando tan cruelmente al desposeido que fueron llevando hasta al límite su paciencia para aguantar el hambre, empujàndolo luego a dejar de lado los valores tradicionales de convivencia para poder subsistir. En consecuencia, se rompió el equilibrio social que borró la  paz ciudadana que había en las calles.        

La falta de planificación y deficiencia de los servicios públicos por sus tradicionales proveedores provocó que empezaran  a construirse las cisternas y los grandes tanques para el almacenamiento del agua en los techos de las casas,  la instalación de paneles solares, plantas eléctricas e inversores y el auge del negocio de la recogida de la basura por particulares.  Con esto, se experimentaron  los síntomas del deterioro ambiental en que había caído el habitat urbano.   

 Siempre, ante la colectividad, el agua potable, la luz eléctrica y la recogida de la basura, estuvo a cargo del gobierno central y el municipal.  Pero cuando empezaron los eternos problemas políticos y debido a lo que esto degeneró, las autoridades gubernamentales y las edilicias, como suplidores de tan importantes servicios a la ciudadanía, empezaron a ser deficientes.  Fue traumatizante para el habitante urbano, el proceso cruel de buscar la manera de cómo proveerse así mismo, de manera urgente y sin estar preparado para ello, de los elementos bàsicos para poder vivir como siempre lo había hecho.

Lo anterior se produjo en parte como una consecuencia de lo que la dictadura trujillista le dejó a cada individuo, al esta desaparecer:  La carencia absoluta de una conciencia ciudadana sobre sus derechos y deberes como gobernado ante sus gobernantes.  Una ignorancia crasa sobre esa forma de convivencia dejó en la inercia, por demasiado tiempo, al ciudadano en general, para resolver ese tipo de problemas. 

La casta que se apoderó del país durante treinta y un años, marginó a la sociedad de todo tipo de decisiones.  Después del tiranicido, ésta empezó desde cero en muchos órdenes, siendo uno de ellos el de caminar huérfana de instituciones o mecanismos para presionar a los responsables del olvido e indiferencia que había, para que resolvieran los problemas màs perentorios que la afectaba.     

 A mediados del año de 1978, termina la Guerra Fría para la Rep. Dominicana. Las luchas por los derechos políticos negados llegó a su fin, enviàndose al olvido algunas palabras que se habían generalizado en las últimas dos décadas: presos y exiliados políticos. 

Hubo otras que se mantendrían por sus efectos permanentes en el seno del pueblo: pesos inorgànicos e inflación.  Pero hubo una expresión que fue creciendo entre las sombras, ocultada por las luchas políticas, desviada su atención por el horror que producían “las fuerzas incontrolables”.  

 Al disiparse la humareda del terror, se empezó a ver la otra cara de la realidad, la cual se venía ocultando en los círculos gubernamentales: la depredación del erario público.  “Se le puso mucho màs énfasis al desconocimiento de los derechos humanos, que el ser vigilantes del patrimonio nacional”.

Cuando a partir del año 1962, el dominicano empezó a votar, lo hizo esperanzado de que era el camino adecuado para producir los cambios que el país necesitaba; pero una serie de gobernantes que surgieron, los  cuales se dedicaron a sus propios proyectos, se olvidaron de las necesidades màs apremiantes del país. 

Perpetuarse en la presidencia de la república usando los bienes del estado y en darles prebendas a entes políticos y sociales para que los apoyaran en sus deseos de llegar al poder y luego en sus gestiones de gobierno, fueron los puntos principales que desarrollaron durante el trayecto de sus vidas públicas. Sus prioridades nunca fueron las necesidades bàsicas de la mayoría poblacional, donde el cada vez más excaso medio de subsistencia de amplios sectores, la fueron empujando primero a emigrar, luego a delinquir.

Esos gobernantes se rodearon de una élite insensible y de una intelectualidad comprometida, que justificaba y aplaudía la modernidad de cada obra de “varilla y cemento”, porque eran sus beneficiarios en lo económico y en parte también del disfrute de las mismas.  Se le dijo a la población que eso era progreso para el país, el cual se estaba poniendo a la par con las sociedades màs desarrolladas del mundo, sin importarles por esto que cada funda de cemento y libra de varilla de construcción costara más que una vida humana.  Mientras, veían con indiferencia las secuelas del desempleo, junto a la carencia, cada vez màs acentuada, de los servicios necesarios que necesita toda sociedad civilizada: agua potable, electricidad, salud y educación.  

 Vapulearon y echaron a un lado el orden jurídico durante cada cuatrenio de gobierno, reflejando con el “borrón y cuenta nueva” una falta obvia de voluntad para el castigo a los grande culpables, lo cual permitió que la impunidad acrecentara la corrupción gubernamental, la evasión de impuestos y el contrabando, lo que fue generando como consecuencia en parte, un deficit en el presupuesto del estado para enfrentar las necesidades crecientes del país.     

Por años, desde las alturas del poder, le fueron inculcando la idea al ciudadano en general de que el país tenía la suficiente capacidad de pago para obtener préstamos, de que se podían obtener los créditos necesarios para programas de desarrollo sin sufrir por ello ningún percance económico en el porvenir, por lo cual lo fueron endeudando con acreencias que hasta la fecha no han parado y que han hipotecado su futuro. Y eso hubiera sido en parte positivo, si todos esos recursos monetarios se hubieran aplicado para los fines que se solicitaron.  

 Cuando la bonanza del azúcar se evaporó y se dispararon los precios del petróleo a nivel mundial, empezaron los verdaderos problemas para el país.  El tiempo siguió pasando y llegó un momento que a la hora de pagar las dedudas acumuladas, la realidad desdijo las palabrerías que usaron para justificarlas. 

Ya para los primeros meses del año 1984, el deficit fiscal no permitía que el país cumpliera con sus compromisos de pago en el exterior, por lo cual el gobierno de turno tuvo que solicitar ayuda el Fondo Monetario Internacional.  Se acordó un plan económico, y una de las finalidades del mismo fue para que el estado pudiera obtener el suficiente ingreso y cubrir primariamente sus compromisos  externos.

La mayoría de los ciudadanos del país  estaban ajenos a lo que les esperaba.  Fue durante el largo feriado con motivo de la Semana Santa, en los momentos en que la población de las ciudades, en general, se había movilizado hacia los ríos y las playas para disfrutar el tradicional asueto de cada año, cuando el gobierno de turno emitió los decretos para aumentar el precio de una serie de artículos de primera necesidad y de algunos servicios. 

 Es decir, se aumentaban los impuestos para que no colapsara el sistema,  pero quienes iban a cargar pesado con esas medidas, eran los que menos recursos tenían, ya que al sector pudiente las mismas no les afectarían, por lo cual los de abajo iban a ser sacrificados por el bien de todos.  

 Ese lunes, cuando se enteraron de las medidas que iban acentuar su carestía, la reacción de las masas empobrecidas, principalmente la de la ciudad capital, tomó por sorpresa a las autoridades.   

 Los ajustes económicos fueron como un detonante para que explotara la ira a nivel popular. Las consecuencias de los errores cometidos por varios gobiernos, las iban a sufrir aquellos que tenían los ingresos màs bajos.

Centenares se tiraron a las calles a protestar y a cometer asaltos a los comercios, por medio de turbas.  Se tuvo que enviar a los militares para sofocar esa rebelión, produciéndose en consecuencia una masacre sin precedentes, para así seguir preservando el desigual sistema económico.  Por primera vez en el país, los marginados u olvidados y de una manera violenta, daban una señal por el abandono a que estaban sometidos. 

 Pero la hambruna seguió creciendo y trataban de esconder el estado de indigencia del ciudadano.  Un  ejemplo, aquel “muro de la verguenza” que levantaron, el cual ocultaba a los ojos de los visitantes a la imponente obra del Faro a Colón en su inauguración, el desagradable espectàculo visiual del barrio colindante. 

Esa situación de contraste ha seguido imperando año tras año.  Se ha visto, de manera palpable, la insensibilidad que demuestran hacia los sectores màs necesitados de la sociedad, los que tradicionalmente han administrado las rentas del estado. 

 El 4 de mayo del año 2005, aparecieron en la portada del periódico el Listín Diario dos artículos, que seguían confirmando hacia dónde seguiría el país, por las señales que daban las autoridades de turno a sus prioridades.  En uno decía que en el Liceo Haras Nacionales, en Villa Mella, habían aulas de cartón y faltaban butacas.  En el otro repetían una expresión del presidente de la Suprema Corte de Justicia, refiriéndose al local que estaban estrenando los jueces de ese poder del estado:  “En todos los alrededores de América Latina, no hay un palacio que aloje a la justicia que supere al dominicano ”, decía.  Solamente el edificio costó màs de mil millones de pesos, aparte de que para la decoración se gastó màs de un centenar de los mismos.

Por décadas, el gasto social se ha quedado muy por debajo de lo que en verdad debería ser.  Se formulan presupuestos que nunca se cumplen, porque se traspasan grandes recursos de los mismos para ser manejados directamente por el Poder Ejecutivo y así cumplir sus compromisos políticos. 

 Se sustraen recursos destinados a conjurar las verdaderas necesidades nacionales, para dedicarlos a comprar voluntades electorales y devolverle el favor a través de contratos de grado a grado para las ejecuciones de obras públicas, a los que le dieron los recursos para sus campañas políticas.

 Si se compara el volumen de lo disponible con lo gastado,  la inversión en la educación ha sido muy irrisoria, por lo cual el analfabetismo ha ido creciendo de manera alarmante. También, por el creciente abandono de los hospitales públicos, se pronostica un futuro no muy halagador para los sectores que carecen de medios económicos.  Si se le agrega el creciente desempleo a lo anterior, veremos a una masa de hombres y mujeres creciendo en la indigencia, convirtiéndose en un potencial peligro para  toda la sociedad.  De esto ya hay señales alarmantes.  

Ha sido una demogogia rampante las famosas ayudas gubernamentales, consistente en dar pequeñas cantidades de dinero y fundas de alimentos en ciertos momentos, que lo que buscan es crear lealtades políticas y votos electorales, pero que siguen acostumbrando al ciudadano al “dao”, ese círculo vicioso de recibir sin producir, en vez de crear facilidades a la gente, para ponerla en condiciones de integrarla al sector productivo, invirtiendo en su educación y en la salud pública.

 Las carencias insatisfechas de un sector social, por olvido e indiferencia,  mantienen, en parte, el auge del índice delictivo, principalmente en las calles.  Por eso se ha visto desde años, como casi a diario mueren supuestos delincuentes en “intercambios de disparos” con agentes policiales.  Se han comprobado casos de que fueron últimados cuando estaban apresados.  El crimen y la tortura desde hace tiempo son los mecanismos disponibles que tienen los gendarmes para proteger a la sociedad. 

 Por lo que se ve, ya los agentes policiales no traducen a la justicia; la toman por sus propias manos, convirtiéndose, de paso, en jueces y verdugos.  Por momentos, esto va aumentando; luego decrece, pero se mantiene. Para el año 2004, se produce una estadística alarmante; hubo un promedio de un muerto por día.  Y son los que estàn pasando por un estado de miserias, pagando con sus vidas el querer revertir con actos delicuenciales que ya tienen con gran fastidio al ciudadano en general, lo injusto del reparto del botín gubernamental, que es en lo que han convertido las arcas del estado los dirigentes políticos que llegan al poder.

Los que han sido víctimas de actos delictivos o tienen algo que perder, aplauden y apoyan esas acciones.  Los que no tienen nada o nunca lo han tenido, los que ya no tienen la esperanza de una vida mejor, son los que estàn muriendo con esos fusilamientos.   

 Pero la realidad de lo anterior es que el método no va a parar el cada vez màs alto índice delicuencial que vive el país.  La pobreza siempre ha existido en todas las sociedades, pero cuando esta tiende a generalizarse por el desajuste del sistema; el hambre, como una de sus secuelas, pone en peligro el bienestar de todos cuando desaparece la esperanza de disminuirla.

Es un problema de olvido e indiferencia hacia un sector de la sociedad, ya tradicional por parte de quienes tienen un compromiso económico con la colectiviad en general, no solamente con grupos o elites; son los gobiernos de turno, esos que administran el patrimonio de todos. 

Si no se cambia el rumbo y se le pone más atención a la clase menos pudiente del país, los actos delictivos en las calles seguiràn en aumento y también la cantidad de muertos a manos de los agentes del orden público.

 Cuando el país disfruta de una estabilidad macroeconómica, lo cual permite un crecimiento del producto interno bruto, esto jamàs se refleja en la capa baja de la población, porque ese supuesto bienestar se queda en la cima, entre los sectores pudientes.  Entonces, con crisis y sin crisis económica, la sociedad en general nunca se beneficia adecuadamente, por lo cual el sistema no està funcionando y sí poniendo en peligro el bienestar colectivo.     

En otro orden, en el sentido propio de los que estàn arriba, pero debido a la obtención de fortunas de la noche a la mañana, originadas por el peculado estatal, el narcotràfico, lavado de dinero proveniente de  negocios turbios, de quiebras inducidas a instituciones financieras por los ejecutivos de las mismas; el de actividades provenientes del juego de azar institucionalizado, que saca de sus bolsillos los pocos pesos que tiene un trabajador para comer, junto a la usura en sus diferentes facetas, se ha ido generando una cadena de males que ha trastocado una serie de valores, que por lo arraigado y profundo ha desestabilizado a casi toda la sociedad. 

 “El que tiene dinero, aunque sea mal habido, no lo alcanza la justicia.”   “Para vivir bien no hace falta estudiar.” Esa manera de pensar de los de abajo, por lo que estos estàn viendo suceder con los que estàn en un  peldaño social más alto, por lo enumerado anteriormente, principalmente, ha estimulado el que ellos también hagan lo mismo, pero a otro nivel, o sea, en las calles.

Los sectores pudientes, señalados anteriormente, muestran una riqueza ostentosa en un ambiente consumista al igual que el de los desarrollados, en un país, donde la pobreza se ha estado generalizando, y que ha ido tentando la mansedumbre tradicional del marginado económico. 

 Las dàdivas representadas por las “funditas”, esas ayudas de origen gubernamental, queriendo paliar una realidad que ya todos sabían, no ha podido contener lo que ha sido como una llamada de atención, una demanda de justicia social, representada por la señal inequívoca del incremento de la delicuencia en las ciudades.  El aumento de la pobreza denigrante es de donde ha fluido la violencia delictiva y algunas de sus facetas en el seno familiar. 

El grado de descomposición es de una manera tal que el alcoholismo y la prostitución, padecimientos que la sociedad siempre toleró y mantuvo con un bajo perfil, se fueron  convirtiendo en un juego de niños con la aparición y el auge de nuevos males en el ámbito social: el narcotràfico y la adicción a las drogas.  Los dominicanos, en mayoría general, no han podido conseguir el bienestar de los países ricos, pero si algunas de sus peores lacras.

 Otra víctima del estado de cosas es el cuerpo encargado del orden y de supuestamente prevenir el delito, el cual ha sido presa fàcil de lo que ya se està viviendo en el país. 

 Con sus viejos métodos para proteger a la sociedad, carentes de las  herramientas para prevenir y combatir la delincuencia y el crimen, se ignoró que sus miembros formaban parte del ambiente empobrecido de un sistema que ya no se ocupa ni siquiera de sus mismos servidores.  Han llegado momentos en que la ciudadanía no ha podido distinguir quien es el policía o el delincuente, porque ambos andan armados cometiendo las mismas fechorías.

 Ante tal situación, cada quien ha tenido que protegerse a si mismo y el entorno familiar, poniendo rejas en las casas, altos muros, sistemas de alarmas, vigilantes privados y portando armas de fuego, legal o ilegalmente.

 Lo patético se ha convertido en lo cotidiano.  Agentes policiales alquilando sus armas de reglamento a personas que se dedican a cometer atracos, amparadas en las mismas.   O lo que se ha visto en algunas escuelas públicas y colegios privados, al requizar las pertenencias de los estudiantes en la busqueda, principalmente, de drogas, donde para sorpresa, en vez de éstas, se encuentran con armas blancas.   En su mayoría, la portaban jovencitas para protegerse de posibles asaltantes en las calles. 

 Hubo un régimen que se mantuvo durante màs de treinta años.  Al terminar,  dejó al irse medulares problemas, pero al éste desaparecer no hubo una ruptura con ese pasado, quedàndose vigentes figuras y métodos; la “Era de Trujillo” siguió su curso.

 Eso provocó el que un pueblo traumatizado no tuviera la terapia adecuada para exorcizar de su mente tantos males heredados. En el futuro, junto a otros factores, esto impidió una renovación humana de dirigentes capaces de ayudar a transformar las instituciones que componen al Estado, verdaderos lastres creados durante la tiranía trujillista para el beneficio de esa familia y sus allegados.     

Una problema que se està viviendo y no se le está prestando la debida atención, tratàndose con la habitual indiferencia, comosi no fuera un problema nacional, es el energético, que ya tiene varias décadas y sigue en auge.

Una vez el azúcar fue el principal productor de divisas; luego lo fue el oro.  Hoy en día son el turismo y las remesas del dominicano que vive en el exterior.  Pero, no hay petróleo.  Su precio, cada vez màs alto, hace que se vuelquen en ese renglón en una proporción alarmante, la mayor parte de las divisas que le ingresan al país por diversas vías.   Esto ha debido inducir a los gobiernos a ser cautos, en cuanto a dónde van a dirigir los recursos de que dispone el estado para sus necesidades, de buscar otras alternativas energéticas para la producción de la electricidad; el de crear una conciencia ciudadana persistente de lo que significa y cuesta el combustible.  Pero la pràctica gubernamental tradicional en cuanto a lo numerado anteriormente, ha sido muy diferente.

No hay una continuidad de políticas establecidas.  Cada cuatro años el país empieza de cero.  Cada gobierno regresa al mismo punto de partida del anterior.   Algunas de las cosas positivas que se originan en un cuatrenio, no se terminan en el otro.  Resulta imposible planificar para hacerlo todo antes del final de cada mandato constitucional.  El sistema establecido no està funcionando. De esa manera, jamàs traerà un beneficio colectivo. 

 Un efecto del olvido, una consecuencia de la indiferencia, se palpa y se vive de frente hoy en día en el ambiente en que se desarrollaron los relatos de La Fonda.  En medio de la voràgine de los acontecimientos que se fueron produciendo en el país, el entorno de aquel negocio de venta de comidas y alojamiento, poco a poco, fue cambiando.

En ese sector, a mediados de la década de los años cincuenta del siglo pasado, la actividad comercial fue decreciendo, debido a que se dio apertura a una nueva terminal para la llegada de los camiones que venían del interior del país, en la zona denominada Villas Agrícolas, localizada al final de la avenida Duarte. 

El desvío hacia ese sitio de los vehículos que tradicionalmente iban a parar al Mercado Modelo, le quitó rentabilidad a la mayoría de los negocios que habían en ese antiguo hospedaje.  

 También fueron tomando diferentes caminos esas mujeres que llegaban de sus pueblos a ganarse la vida como sirvientas en alguna que otra casa de familia o en una fonda.   La última parada de las guaguas de la esperanza, el Mercado Modelo, dejó de ser para ellas, con el paso de los años, el punto de referencia para ganarse el sustento;  unas tomaron el destino emigratorio y otras empezaron décadas después a obtener empleos en las llamadas zonas francas.

 Por razones de salud, la Doña dejó en manos de Bernarda, su fiel empleada, aquel ya decadente negocio de venta de comidas y alojamiento. Esta, a su vez, cuando muere, se lo deja a una hija, quien con el paso del tiempo se “amanceba” con un emigrante haitiano. Con él procreó varios hijos, a los cuales veía de vez en cuando, al pasar de visita por ese lugar, corretear en los mismos espacios que yo una vez ocupé en mi niñez junto a mis hermanos y hermanas.      

 Aquellos cuartuchos de la fonda para caminantes casuales, esos refugios temporales del cansancio de una noche, donde en uno de ellos José el mocano enseñó las marcas que dejó en su cuerpo la tiranía trujillista, y  yo grabé de por siempre en mis pensamientos el reflejo del trauma màs impactante que dejó la misma, se convirtieron en la residencia permanente de los nuevos pobladores del lugar.  

Y el Bar Ocoeño, aquel oasis de diversión en la frontera de cada noche moribunda, donde mariposas vestidas de seda gastaban sus vidas en amaneceres inciertos ante la presencia manipuladora del “chulo” de turno, reflejo impactante de sus miserias, no pudo resistirse a las veleidades del tiempo, dejando solamente en el recuerdo de quienes lo conocieron su típica vida nocturna.  

 Los años siguieron llevàndose de paso lo que parecían estorbos de una realidad que se imponía.  De la parte trasera del Mercado Modelo de la avenida Mella, desapareció aquel local cuyas paredes una vez destilaron los aromas de los espíritus de la tierra, de aquella fonda que por màs de cuarenta años en su interioridad, manos habilidosas se esmeraron en darle el sazón tradicional de las comidas campestres al menú ofertado, en un ritual que empezaba con el cantar de los gallos desde los patios y traspatios, en una época, donde aquel pedazo de ciudad aún respiraba su característica de aldea rural. 

 Hoy, ese ambiente vive una realidad consecuencial de uno de los síntomas del precio que se paga por el olvido.  El rostro de ese lugar, donde espíritus indomables siguen afanando por la subsistencia, fue maquillado por el tiempo, reflejàndole la fisonomía de una verdad que ya se estaba viviendo en el àmbito dominicano.  En un intervalo de pocos años, la plazoleta del Mercado Modelo, esa extensa explanada ocupada por las jaulas de los polleros, en todo su alrededor y un poco màs allà, se convirtió en la “Pequeña Haití”.

 Cuando a finales de 1961 desparecieron las ataduras burocràticas de la dictadura que impedían viajar libremente, los marginados económicos de la sociedad empezaron a darle su respuesta a un estado que hacía tiempo los tenía en el olvido.  La falta de empleos para cubrir sus necesidades primarias obligó a una gran horda migratoria dirigir sus pasos hacia la isla de Puerto Rico, dàndose inicio con esto al exilio por la supervivencia. 

 El gran escape había empezado y ya nada ni nadie lo iba a parar; las sucesivas convulsiones políticas trajeron graves consecuencias sociales y económicas, las causas principales del dominicano querer salir de su país.     

A partir de 1965, esa ola emigratoria tomó otro rumbo y se dirigió hacia  la ciudad de Nueva York.   En la década de los años setenta, ese empuje llegaría a Venezuela y luego a España, países que con otros europeos sentirían la llegada de quienes en su patria empezaron a ser llamados los “dominicanos ausentes.”  Y paradoja de la vida, con el paso del tiempo, esa gran masa de exilidados económicos, con el sudor de su trabajo en el exterior, ha servido de ayuda para mantener a flote la economía del lugar en que nacieron, con los dólares de sus remesas a los familiares que se quedaron.

La situación desesperante de las personas que se arriesgan a morir en el Canal de la Mona, con la esperanza de que si emigran dejarían de pasar hambre, junto a la estabilidad económica que muestran los que han logrado salir del solar patrio, ha dado auge al negocio de las yolas.  Históricamente es una tendencia natural de los pueblos de moverse hacia los espacios donde pueden conseguir el sustento que ya no obtienen en su lugar de origen. 

El incremento del exilio económico del dominicano ha seguido siendo una respuesta en parte,  a los efectos que produce el gastar los recursos del estado en actividades que no corresponden a las necesidades bàsicas de la población en general. Ya para el el año 2000, una encuesta hecha por la firma Rumbo-Gallup, publicada el 17 de abril de ese mismo año, indicaba que el 60% de la población estaba dispuesta a irse del país si pudiera.  Algo andaba mal, y esa era una señal inequívoca.

La emigración legal o ilegal del dominicano, que ya se calcula ha producido la salida del país de alrededor de un millón de ellos, le ha estado quitando presión al sistema, impidiendo consecuente y momentàneamente, no se sabe hasta cuándo, un estallido social de grandes proporciones.   Pero al mismo tiempo, se ha ido gestando un grave problema social, debido a lo económico, que por la situación política imperante desde años, ha ido creciendo.

Los problemas políticos y económicos de la vecina república de Haití, mucho màs pronunciados que los del pueblo dominicano, motivó a sus ciudadanos a buscar en la tierra colindante lo que le negaba la propia.  En la mayoría de las ocasiones, lo han estado haciendo, en parte, con la complicidad de las autoridades militares que custodian la frontera, quienes por decenios se han lucrado con ese negocio de pases sin ningún tipo de control.  Marejada de seres humanos, sedientos de un cambio en sus vidas, han estado haciendo lo mismo que su vecino: emigrar.  

 Ya para 1978, había una gran cantidad de niños nacidos en el país de padres haitianos o de ambas nacionalidades, que a penas balbuceaban la lengua de la tierra que acogió a su progenitores.  Estaban creciendo silvestres, carentes de registros de nacimiento y apartados del sistema educativo del país.  Una crisis de identidad ya se palpaba, lo cual traería otras, como la existencial y la cultural.  

Lo anterior, en su momento, estímuló expresiones racistas, al no comprenderse la raíz del problema. Nadie se preocupaba de analizar, en su momento, sus causas y posibles soluciones, y se ha producido una nueva generación de dominicanos que ya estàn siendo  marginados en su propio lugar de nacimiento, por viejas creencias y anticuadas instituciones que se dejaron en el atraso, impotentes para responder debidamente a esta nueva clase ciudadanos. 

Mientras el dominicano ha ido dejando su espacio para buscar en otro lo que le es prohibido conseguir en su lugar habitual, el ciudadano hatiano lo ha ido ocupando con la misma esperanza.  La estampida de los hijos de quisqueya hacia el exterior fue dejando en manos de su vecino histórico el habitat que desdeñaban, como por igual los empleos y actividades que ya no daban satisfación económica alguna.

 Por toda la geografía nacional, los sembradíos en la zona rural y el obrero de las construcciones han tenido que auxiliarse del hombre de la nacionalidad haitiana, por la disponibilidad abundante de esa mano de obra y por el bajo costo que implica el tenerlo en una nómina de producción.  Equivale a decir que intereses de parte y parte han contribuido al asentamiento de una gran masa de emigrantes, que busca satisfacer sus necesidades en el ambiente que sus tradicionales pobladores han ido abandonando al sentir que va a la deriva. 

 Mientras eso ha sucedido a la vista de todos, los protagonistas sociales, aquellos líderes políticos y económicos que siempre han manejeado el país, siguen con su mirada e interéses en otros asuntos.   El olvido e indiferencia en sus diferentes facetas, sus consecuencias, es lo que está viviendo el pueblo dominicano.  

 Cuando empezaron los primeros síntomas del deterioro físico urbano y el de un estado carente de instituciones eficientes y con credibilidad, la ciudadanía siempre creyó que eran cosas pasajeras, situaciones que con un cambio de gobierno se arreglarían

 Por eso, la presidencia de la república a llegado a convertirse en el premio que da un pueblo a quien lo convenza de que en cuatro años les va a erradicar todos sus males, dando esto vigencia, al decir de que “la esperanza es lo último que se pierde”.   De cada proceso, la gente espera que surja una especie de mesías, porque se dice a sí mismo: “Esta vez si gana fulanito, el país se va arreglar”.  

 Pero el tiempo ha ido pasando, donde se nota una creciente apatía electoral ante el cansancio que produce usar el voto como herramienta de cambio, porque las opciones que se presentan llevan siempre al mismo camino.  Un cargo público es un compromiso ante la colectivad.  Quienes salen electos o son nombrados, creen que es un premio a la persona para el disfrute.  

Todo eso,  ante la creciente hambruna de un pueblo que va muriendo a diario como bocado de tiburones en el Canal de la Mona, por la falta de medicinas y atenciones hospitalarias, como también tratando desde las calles por medio de la violencia delictiva, cambiar su desesperante estado económico.          

 

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